El hombre mediocre
El hombre mediocre Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo como una inspiración trascendental. Todo lo que huele a cansancio, no siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente puede acordarse el supremo homenaje de este título a aquel cuyas obras denuncian menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado que exceden a sus intenciones o fatigas. Para griegos y latinos, «genio» quería decir «dominio»; era aquel espíritu que acompaña, guía o inspira a cada hombre desde la cuna hasta la tumba. Sócrates tuvo el más famoso. Con la acepción que hoy se da, universalmente, a la palabra «genio» los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza o culminación.
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