El hombre mediocre
El hombre mediocre El genio es una alta armonÃa; necesita serlo. Es absurdo suponer caÃdos bajo el nivel común a esos mismos que la admiración de los siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la creación, aunque tenga fases inconscientes, serÃa imposible sin una clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando a tiempo de servir como premisa o punto de partida para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se nos presentarÃa como una tendencia al sistemático equilibrio entre las partes de un nuevo estilo arquitectónico.
Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir con la imaginación creadora, afectando especiales dominios de la mente humana; pero la capacidad para la sÃntesis más vasta no necesita ser desequilibrio ni enfermedad. Ningún genio lo fue por su locura; algunos como Rousseau, lo fueron a pesar de ella; muchos, como Nietzsche, fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.
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