MarÃa
MarÃa MarÃa, mi madre y mi hermana se miraron unas a otras con extrañeza, sorprendidas de la frescura con que engañaba yo a Carlos; mas era porque no estaban al corriente del examen que él habÃa hecho por la tarde de los libros de mi estante, examen en que tan mal parados dejó a mis autores predilectos; y acordándome con cierto rencor de lo que sobre el Quijote habÃa dicho, añadÃ:
—Tú debes de haber visto esos versos en El DÃa, y es que no te acuerdas; creo que están firmados por un tal Almendárez.
—Como que no —dijo—; tengo para eso tan mala memoria… Si son los que le he oÃdo recitar a mi prima… francamente, me parecen mejores cantados por estas señoritas. Tenga usted la bondad de decirlos —agregó dirigiéndose a MarÃa.
Esta, sonriendo, preguntó a Emma.
—¿Cómo empieza el primero?… Si a mà se me olvidan. Dilos tú, que los sabes bien.
—Pero usted acaba de cantarlos —le observó Carlos— y recitarlos es más fácil; por malos que fueran, dichos por usted serÃan buenos.
MarÃa los repitió; mas al llegar a la última estrofa su voz era casi trémula.
Carlos le dio las gracias, agregando:
—Ahora sà estoy casi seguro de haberlos oÃdo antes.