MarÃa
MarÃa TenÃa yo abierta en la mano una cajilla de pistones cuando vi a MarÃa venir hacia mà trayéndome el café, que probó con la cucharilla antes de verme.
Los pistones se me regaron por el suelo apenas se acercó.
Sin resolverse a mirarme, me dio las buenas tardes, y colocando con mano insegura el platito y la taza en la baranda, buscó por un instante con ojos cobardes los mÃos, que la hicieron sonrojar; y entonces, arrodillada, se puso a recoger los pistones.
—No hagas tú eso —le dije—; yo lo haré después.
—Yo tengo muy buenos ojos para buscar cosas chiquitas —respondió—; a ver la cajita.
Alargó el brazo para recibirla, exclamando al verla:
—¡Ay! ¡Si se han regado todos!
—No estaba llena —le observé ayudándole.
—Y que se necesitan mañana de éstos —dijo soplándoles el polvo a los que tenÃa en la sonrosada palma de una de sus manos.
—¿Por qué mañana y por qué de éstos?
—Porque como esa cacerÃa es peligrosa, se me figura que errar un tiro serÃa terrible, y conozco por la cajita que éstos son los que el doctor te regaló el otro dÃa diciendo que eran ingleses y muy buenos…
—Tú lo oyes todo.