MarÃa
MarÃa Mi madre y Emma salieron al corredor a recibirme. Mi padre habÃa montado para ir a visitar los trabajos.
A poco rato se me llamó al comedor, y no tardé en acudir porque allà esperaba encontrar a MarÃa pero me engañé; y como le preguntase a mi madre por ella, me respondió:
—Como esos señores vienen mañana, las muchachas están afanadas por que queden muy bien hechos unos dulces; creo que han acabado ya y que vendrán ahora.
Iba a levantarme de la mesa cuando José, que subÃa del valle a la montaña arreando dos mulas cargadas de cañabrava, se paró en el altico desde el cual se divisaba el interior, y me gritó:
—¡Buenas tardes! No puedo llegar, porque llevo una chúcara y se me hace noche. Ahà le dejo un recado con las niñas. Madrugue mucho mañana, porque la cosa está segura.
—Bien —le contesté—; iré muy temprano; saludes a todos.
—¡No se olvide de los balines!
Y saludándome con el sombrero continuó subiendo.
DirigÃme a mi cuarto a preparar la escopeta, no tanto porque ella necesitase de limpieza cuanto por buscar pretexto para no permanecer en el comedor, en donde al fin no se presentó MarÃa.