MarÃa
MarÃa —No, señor —respondióle consultándome si iba bien la operación.
—Pues asà como los ves —continuó mi padre— fueron tan negros y abundantes como otros que yo conozco.
MarÃa soltó los que tenÃa en ese momento en la mano.
—¿Qué es? —le preguntó él, volviendo la cabeza para verla.
—Que voy a peinarlos para recortar mejor.
—¿Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto? —le preguntó después de dictarme una frase.
—No, señor.
—Cuidado, niño, con equivocarse.
MarÃa se sonrojó, mirándome con todo el disimulo que era necesario para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño que tenÃa al frente.
—Pues cuando yo tenÃa veinte años —prosiguió— es decir, cuando me casé, acostumbraba bañarme la cabeza todos los dÃas con agua de colonia. Qué disparate, ¿no?
—Y todavÃa —observó ella.
Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que acostumbraba.
Yo leà el final de la frase escrita, y él, dictada otra, continuó su diálogo con MarÃa.