MarÃa
MarÃa —¿Esos? —preguntó desdeñosamente Carlos.
—¿Con tales chandosos? —agregó don Jerónimo.
—SÃ, señor, con los mismos.
—Lo veré y no lo creeré —contestó el señor de M… emprendiendo de nuevo sus paseos por el corredor.
Acababan de traernos el café, y obligué a Braulio a que aceptase la taza destinada para mÃ. Carlos y su padre no disimularon bien la extrañeza que les causó mi cortesÃa para con el montañés.
Poco después, el señor de M… y mi padre montaron para ir a visitar los trabajos de la hacienda. Braulio, Carlos y yo, nos dedicamos a preparar las escopetas y a graduar carga a la que mi amigo querÃa ensayar.
Estábamos en ello cuando mi madre me hizo saber disimuladamente que querÃa hablarme. Me esperaba en su costurero. MarÃa y mi hermana estaban en el baño. Haciéndome sentar cerca de ella, me dijo:
—Tu padre insiste en que se dé cuenta a MarÃa de la pretensión de Carlos. ¿Crees tú también que debe hacerse asÃ?
—Creo debe hacerse lo que mi padre disponga.
—Se me figura que opinas de esa manera por obedecerle, no porque deje de impresionarte el que se tome tal resolución.