MarÃa
MarÃa MarÃa se atrevió a mirarme un instante; y esa mirada me lo reveló todo: ¡aún no habÃan pasado todos nuestros dÃas de felicidad!
—¿No es cierto —volvió a preguntarle mi padre— que prometes a EfraÃn ser su esposa cuando él regrese de Europa?
Ella volvió, después de unos momentos de silencio, a buscar mis ojos con los suyos, y ocultándome de nuevo sus miradas negras y pudorosas, respondió:
—Si él lo quiere asÃ…
—¿No sabes si lo quiere? —le replicó casi riendo mi padre.
MarÃa calló sonrojada, y las vivas tintas que en sus mejillas mostró ese rubor, no desaparecieron de ellas aquella noche. Mirábala mi madre de la manera más tierna que ojos de madre pueden mirar. Creà por un instante que estaba gozando de alguno de esos sueños en que MarÃa me hablaba con aquel acento que le acababa de oÃr, y en que sus miradas tenÃan la brillante humedad que estaba yo espiando en ellas.
—¿Tú sabes que lo quiero as�, ¿no es cierto? —le dije.
—SÃ, lo sé —contestó con voz apagada.
—Di a EfraÃn ahora —le dijo mi padre sin sonreÃrse ya— las condiciones con que tú y yo le hacemos esa promesa.