MarÃa
MarÃa —Con la condición —dijo MarÃa— de que se vaya contento… cuanto es posible.
—¿Cuál otra, hija?
—La otra es que estudie mucho para volver pronto… ¿no es as�
—Sà —contestó mi padre, besándole la frente— y para merecerte. Las demás condiciones las pondrás tú. ¿Conque te gustan? —añadió volviéndose a mà y poniéndose en pie.
Yo no tuve palabras qué responderle; y estreché fuertemente entre las mÃas la mano que él me tendÃa al decirme:
—Hasta el lunes, pues; fÃjate bien en mis instrucciones y lee muchas veces el pliego.
Mi madre se acercó a nosotros y abrazó nuestras cabezas juntándolas de modo que involuntariamente tocaron mis labios la mejilla de MarÃa; y salió dejándonos solos en el salón.
Largo tiempo debió correr desde que mi mano asió en el sofá la de MarÃa y nuestros ojos se encontraron para no dejar de mirarse hasta que sus labios pronunciaron estas palabras:
—¡Qué bueno es papá! ¿No es verdad?
Le signifiqué que sÃ, sin que mis labios pudieran balbucir una sÃlaba.
—¿Por qué no hablas? ¿Te parecen buenas las condiciones que pone?