MarÃa
MarÃa —Como hablarÃa a Emma en idéntico caso; y diciéndole después lo que me ha prometido manifestarle. Si no estoy engañado, las primeras palabras de usted le harán experimentar una impresión dolorosa, pues que ellas le darán motivo para temer que usted y mi padre se opongan decididamente a nuestro enlace. Ella oyó lo que hablaron en cierta ocasión sobre su enfermedad, y sólo el trato afable que usted ha seguido dándole y la conversación habida ayer entre ella y yo, la han tranquilizado. OlvÃdese de mà al hacerle las reflexiones indispensables sobre la propuesta de Carlos. Yo estaré escuchando lo que hablen, tras de los bastidores de esa puerta.
Era ésta la del oratorio de mi madre.
—¿Tú? —me preguntó admirada.
—SÃ, señora, yo.
—¿Y para qué valerte de ese engaño?
—MarÃa se complacerá en que asà lo hayamos hecho, en vista de los resultados.
—¿Cuál resultado te prometes, pues?
—Saber todo lo que ella es capaz de hacer por mÃ.
—Pero ¿no será mejor, si es que quieres oÃr lo que va a decirme, que ignore siempre ella que tú lo oÃste y yo lo consentÃ?
—Asà será, si usted lo desea.
—Mala cara tienes tú de cumplir eso.
—Yo le ruego a usted no se oponga.