MarÃa
MarÃa —Pero ¿no estás viendo que hacer lo que pretendes, si ella llega a saberlo, es como prometerle yo una cosa que por desgracia no sé si pueda cumplirle, puesto que en caso de aparecer nuevamente la enfermedad, tu padre se opondrá a vuestro matrimonio, y tendrÃa yo que hacer lo mismo?
—Ella lo sabe; ella no consentirá nunca en ser mi esposa, si ese mal reaparece. Mas ¿ha olvidado usted lo que dijo el médico?
—Haz, pues, lo que quieras.
—Oiga usted su voz; ya están aquÃ. Cuide de que a Emma no vaya ocurrÃrsele entrar al oratorio.
MarÃa entró sonrosada y riendo aún de lo que habÃa venido conversando con Emma. Atravesó con paso leve y casi infantil el aposento de mi madre, a quien no descubrió sino cuando iba a entrar al suyo.
—¡Ah! —exclamó—; ¿Aquà estaba usted? —Y acercándose a ella—: ¡Pero qué pálida está! Se siente mal de la cabeza, ¿no? Si usted hubiera tomado un baño… la mejora eso tanto…
—No, no; estoy buena. Te esperaba para hablarte a solas; y como se trata de una cosa muy grave, temo que todo ello pueda producirte una mala impresión.
—¿Qué será? ¿Qué es?…
—Siéntate aquà —le dijo mi madre señalándole un taburetico que tenÃa a los pies.