María

María

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Sentóse, y,esforzándose inútilmente por sonreír, su rostro tomó una expresión de gravedad encantadora.

—Diga usted ya —dijo como tratando de dominar la emoción, pasándose entrambas manos por la frente, y asegurando en seguida con ellas el peine de carey dorado que sostenía sus cabellos en forma de un grueso y luciente cordón que le ceñía las sienes.

—Voy a hablarte de la manera misma que hablaría a Emma en igual circunstancia.

—Sí, señora: ya oigo.

—Tu papá me ha encargado te diga… que el señor de M… ha pedido tu mano para su hijo Carlos…

—¡Yo! —exclamó asombrada y haciendo un movimiento involuntario para ponerse en pie; pero volviendo a caer en su asiento, se cubrió el rostro con las manos, y oí que sollozaba.

—¿Qué debo decirle, María?

—¿El le ha mandado a usted que me lo diga? —le preguntó con voz ahogada.

—Sí, hija; y ha cumplido con su deber haciéndotelo saber.

—Pero ¿usted por qué me lo dice? —¿Y qué querías que yo hiciera?

—¡Ah! Decirle que yo no… que yo no puedo… que no.


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