MarÃa
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Cuando llegué a las haciendas en la mañana del dÃa siguiente, encontré en la casa de habitación al médico que reemplazaba a Mayn en la asistencia de Feliciana. El, por su porte y fisonomÃa, parecÃa más un capitán retirado que lo que aseguraba ser. Me hizo saber que habÃa perdido toda esperanza de salvar a la enferma, pues que estaba atacada de una hepatitis que en su último perÃodo resistÃa ya a toda clase de aplicaciones; y concluyó manifestándome ser de opinión que se llamara un sacerdote.
Entré al aposento donde se hallaba Feliciana. Ya estaba Juan Angel allÃ, y se admiraba de que su madre no le respondiera el alabarle a Dios. El encontrar a Feliciana en tan desesperante estado no podÃa menos de conmoverme.
Di orden para que se aumentase el número de esclavas que le servÃan; hice colocarla en una pieza más cómoda, a lo cual ella se habÃa opuesto humildemente, y se mandó por el sacerdote al pueblo.
Aquella mujer que iba a morir lejos de su patria; aquella mujer que tan dulce afecto me habÃa tenido desde que fue a nuestra casa; en cuyos brazos se durmió tantas veces MarÃa siendo niña… Pero he aquà su historia, que referida por Feliciana con rústico y patético lenguaje, entretuvo algunas veladas de mi infancia.
Magmahú habÃa sido desde su adolescencia uno de los jefes más distinguidos de los ejércitos de Achanti25, nación poderosa del Africa occidental. El denuedo y pericia que habÃa mostrado en las frecuentes guerras que el rey Say Tuto Kuamina sostuvo con los Achimis hasta la muerte de Orsué, caudillo de éstos; la completa victoria que alcanzó sobre las tribus del litoral sublevadas contra el rey por Carlos Macharty, a quien Magmahú mismo dio muerte en el campo de batalla, hicieron que el monarca lo colmara de honores y riquezas, confiándole al propio tiempo el mando de todas sus tropas, a despecho de los émulos del afortunado guerrero, los cuales no le perdonaron nunca el haber merecido tamaño favor.
Pasada la corta paz conseguida con el vencimiento de Macharty, pues los ingleses, con ejército propio ya, amenazaban a los Achantis, todas las fuerzas del reino salieron a campaña.
Empeñóse la batalla, y pocas horas bastaron a convencer a los ingleses de la insuficiencia de sus mortÃferas armas contra el valor de los africanos. Indecisa aún la victoria, Magmahú, resplandeciente de oro, y terrible en su furor, recorrÃa las huestes animándolas con su intrepidez, y su voz dominaba el estruendo de las baterÃas enemigas. Pero en vano envió repetidas órdenes a los jefes de las reservas para que entrasen en combate atacando el flanco más debilitado de los invasores. La noche interrumpió la lucha; y cuando a la primera luz del siguiente dÃa pasó revista Magmahú a sus tropas, diezmadas por la muerte y la deserción y acobardadas por los jefes que impidieron la victoria, comprendió que iba a ser vencido, y se preparó para luchar y morir. El rey, que llegó en tales terribles momentos al campo de sus huestes, las vio, y pidió la paz. Los ingleses la concedieron y celebraron tratados con Say Tuto Kuamina. Desde aquel dÃa perdió Magmahú el favor de su rey.
Irritado el valiente jefe con la injusta conducta del monarca, y no queriendo dar a su émulos el placer de verle humillado, resolvió expatriarse. Antes de partir determinó arrojar a la corrientes del Tando la sangre y las cabezas de sus más hermosos esclavos, como ofrenda a su Dios. Sinar era entre ellos el más joven y apuesto. Hijo éste de Orsué, el desdichado caudillo de los Achimis, cayó prisionero lidiando valeroso en la sangrienta jornada en que su padre fue vencido y muerto; mas temiendo Sinar y sus compatriotas esclavos la saña implacable de los Achantis, les habÃan ocultado la noble estirpe del prisionero que tenÃan.
Solamente Nay, única hija de Magmahú, conoció aquel secreto. Siendo niña todavÃa cuando Sinar vino como siervo a casa del vencedor de Orsué, la cautivó al principio la digna mansedumbre del joven guerrero, y más tarde su ingenio y hermosura. El le enseñaba las danzas de su tierra natal, los amorosos y sentidos cantares del paÃs de Bambuk26; le referÃa las maravillosas leyendas con que su madre lo habÃa entretenido en la niñez; y si algunas lágrimas rodaban entonces por la tez úvea de las mejillas del esclavo, Nay solÃa decirle:
—Yo pediré tu libertad a mi padre para que vuelvas a tu paÃs, puesto que eres tan desdichado aquÃ.
Y Sinar no respondÃa; mas sus grandes ojos dejaban de llorar y miraban a su joven señora de manera que ella parecÃa en aquellos momentos la esclava.
Un dÃa en que Nay, acompañada de su servidumbre, habÃa salido a pasearse por las cercanÃas de Cumasia, Sinar, que guiaba el bello avestruz en que iba sentada su señora como sobre blandos cojines de Bornú, hizo andar al ave tan precipitadamente, que a poco se encontraron a gran distancia de la comitiva. Sinar, deteniéndose, con las miradas llameantes y una sonrisa de triunfo en los labios, dijo a Nay señalándole el valle que tenÃan a sus pies.
—Nay, he allà el camino que conduce a mi paÃs: yo voy a huir de mis enemigos, pero tú irás conmigo: serás reina de los Achimis, y la única mujer mÃa: yo te amaré más que a la madre desventurada que llora mi muerte, y nuestros descendientes serán invencibles llevando en sus venas mi sangre y la tuya. Mira y ven: ¿quién se atreverá a ponerse en mi camino?
Al decir estas últimas palabras levantó el ancho manto de piel de pantera que le caÃa de los hombros, y bajo él brillaron las culatas de dos pistolas y la guarnición de un sable turco ceñido con un chal rojo de ZerbÃ.
Sinar, de rodillas, cubrió de besos los pies de Nay pendientes sobre el mullido plumaje del avestruz, y éste halaba cariñoso con el pico los vistosos ropajes de su señora.
Muda y absorta ella al oÃr las amorosas y tremendas palabras del esclavo, reclinó al fin sobre su regazo la bella cabeza de Sinar diciéndole:
—Tú no quieres ser ingrato conmigo, y dices que me amas y me llevas a ser reina de tu patria; yo no debo ser ingrata con mi padre, que me amó antes que tú, y a quien mi fuga causarÃa la desesperación y la muerte. Espera y partiremos juntos con su consentimiento; espera, Sinar, que yo te amo…
Y Sinar se estremeció al sentir sobre su frente los ardientes labios de Nay.
DÃas y dÃas corrieron, y Sinar esperaba, porque en su esclavitud era feliz.
Salió Magmahú a campaña contra las tribus insurreccionadas por Macharty, y Sinar no acompañó a su señor a la guerra como los otros esclavos. Le habÃa dicho a Nay:
—Prefiero la muerte antes que combatir contra pueblos que fueron aliados de mi padre.
Ella, en vÃsperas de marchar las tropas, dio a su amante, sin que él lo echase de ver, una bebida en la cual habÃa dezumado una planta soporÃfera; y el hijo de Orsué quedó asà imposibilitado para marchar, pues que permaneció por varios dÃas dominado de un sueño invencible, el cual interrumpÃa Nay a voluntad, derramándole en los labios un aceite aromático y vivificante.
Mas declarada después la guerra por los ingleses a Say Tuto Kuamina, Sinar se presentó a Magmahú para decirle:
—Llévame contigo a las batallas: yo combatiré a tu lado contra los blancos; te prometo que mereceré comer corazones suyos asados por los sacerdotes, y que traeré en el cuello collares de dientes de los hombres rubios.
Nay le dio bálsamos preciosos para curar heridas: y poniendo plumas sagradas en el penacho de su amante, roció con lágrimas el ébano de aquel pecho que ella acababa de ungir con odorÃfero aceite y polvos de oro.
En la sangrienta jornada en que los jefes achantis, envidiosos de la gloria de Magmahú, le impidieron alcanzar victoria sobre los ingleses, una bala de fusil rompió el brazo izquierdo de Sinar.
Terminada la guerra y hecha la paz, el intrépido capitán de los Achantis volvió humillado a su hogar; y Nay durante algunos dÃas sólo dejó de enjugar el lloro que la ira arrancaba a su padre, para ir ocultamente a dar alivio a Sinar, curándole amorosamente la herida.
Tomada por Magmahú la resolución de abandonar la patria y ofrecer aquel sangriento sacrificio al rÃo Tando, habló asà a su hija:
—Vamos, Nay, a buscar suelo menos ingrato que éste para mis nietos. Los más bellos y famosos jefes del Gambia, paÃs que visité en mi juventud, se engreirán de darme asilo en sus hogares, y de preferirte a sus más bellas mujeres. Estos brazos están todavÃa fuertes para combatir, y poseo suficientes riquezas para ser poderoso donde quiera que un techo nos cubra… Pero antes de partir es necesario que aplaquemos la cólera del Tando, ensañado contra mà por mi amor a la gloria, y que le sacrifiquemos lo más granado de nuestros esclavos; Sinar entre ellos el primero…
Nay cayó sin sentido al oÃr aquella terrible sentencia, dejando escapar de sus labios el nombre de Sinar. La recogieron sus esclavas, y Magmahú, fuera de sÃ, hizo venir a Sinar a su presencia. Desenvainando el sable, le dijo tartamudeando de ira:
—¡Esclavo!, has puesto tus ojos en mi hija; en castigo haré que se cierren para siempre.
—Tú lo puedes —respondió sereno el mancebo—: no será la mÃa la primera sangre de los reyes de los Achimis con que tu sable se enrojece.
Magmahú quedó desconcertado al oÃr tales palabras, y el temblor de su diestra hacÃa resonar sobre el pavimento el corvo alfanje que empuñaba.
Nay, deshaciéndose de sus esclavas, que aterradas la detenÃan, entró a la habitación donde estaban Sinar y Magmahú, y abrazándosele a éste de las rodillas, bañábale con lágrimas los pies exclamando:
—¡Perdónanos, señor, o mátanos a ambos!
El viejo guerrero, arrojando de sà el arma temible, se dejó caer en un diván y murmuró al ocultarse el rostro con las manos:
—¡Y ella lo ama!… ¡Orsué, Orsué!, ya te han vengado.
Sentada Nay sobre las rodillas de su padre, lo estrechaba en sus brazos, y cubriéndole de besos la cana cabellera, le decÃa sollozante:
—Tendrás dos hijos en vez de uno: aliviaremos tu vejez, y su brazo te defenderá en los combates.
Levantó Magmahú la cabeza, y haciendo ademán a Sinar para que se acercara, le dijo con voz y semblante terribles, extendiendo hacia él su diestra:
—Esta mano dio muerte a tu padre; con ella le arranqué del pecho el corazón… y mis ojos se gozaron en su agonÃa…
Nay selló con los suyos los labios de Magmahú, y volviéndose precipitadamente a Sinar, tendió sus lindas manos hacia él, diciéndole con amoroso acento:
—Estas curaron tus heridas, y estos ojos han llorado por ti.
Sinar cayó de hinojos ante su amada y su señor, y éste, después de unos momentos, le dijo abrazando a su hija:
—He aquà lo que te daré en prueba de mi amistad el dÃa en que esté seguro de la tuya.
—Juro por mis dioses y el tuyo —respondió el hijo de Orsué— que la mÃa será eterna.
Pasados dos dÃas, Nay, Sinar y Magmahú salieron de Cumasia a favor de la oscuridad de la noche, llevando treinta esclavos de ambos sexos, camellos y avestruces para cabalgar, y cargados otros con las más preciosas alhajas y vajilla que poseÃan; gran cantidad de tÃbar27 y cauris28, comestibles y agua como para un largo viaje.
Muchos dÃas gastaron en aquella peligrosa peregrinación. La caravana tuvo la fortuna de llevar buen; tiempo y de no tropezar con los sereres29. Durante el viaje, Sinar y Nay disipaban la tristeza del corazón de Magmahú entonando a dúo alegres canciones; y en las noches serenas a la luz de la luna y al lado de la tienda de la caravana, ensayaban los dichosos amantes graciosas danzas al son de las trompetas de marfil y de las liras de los esclavos.
Por fin llegaron al paÃs de los Kombu—Manez, en las riberas del Gambia; y aquella tribu celebró con suntuosas fiestas y sacrificios el arribo de tan ilustres huéspedes.
Desde tiempo inmemorial se hacÃan los Kombu—Manez y los Cambez una guerra cruel, guerra atizada en ambos pueblos no solamente por el odio que se profesaban sino por una criminal avaricia. Unos y otros cambiaban a los europeos traficantes en esclavos, los prisioneros que hacÃan en los combates, por armas, pólvora, sal, fierro y aguardiente; y a falta de enemigos que vender, los jefes vendÃan a sus súbditos, y muchas veces aquéllos y éstos a sus hijos.
El valor y pericia militar de Magmahú y Sinar fueron por algún tiempo de gran provecho a los Kombu—Manez en la guerra con sus vecinos, pues libraron contra ellos repetidos combates, en los cuales obtuvieron un éxito hasta entonces no alcanzado. Precisado Magmahú a optar entre que se degollara a los prisioneros o que se les vendiera a los europeos, hubo de consentir en lo último, obteniendo al propio tiempo la ventaja de que el jefe de los Kombu—Manez impusiera penas temidas a aquellos de sus súbditos que enajenasen a sus dependientes o a sus hijos.
Una tarde que Nay habÃa ido con algunas de sus esclavas a bañarse en las riberas del Gambia y que Sinar, bajo la sombra de un gigantesco baobab, sitio en que se aislaban siempre algunas horas en los dÃas de paz, la esperaba con amorosa impaciencia, dos pescadores amarraron su piragua en la misma ribera donde Sinar estaba, y en ella venÃan dos europeos: el uno se puso trabajosamente en tierra, y arrodillándose sobre la playa oró por algunos momentos: los pálidos rayos del Sol moribundo, atravesando los follajes, le iluminaron la faz tostada por los soles y orlada de una espesa barba, casi blanca. Como al ponerse de hinojos habÃa colocado sobre las arenas el ancho sombrero de cañas que llevaba, las brisas del Gambia jugaban con su larga y enmarañada cabellera.
TenÃa un vestido talar negro, enlodado y hecho jirones, y le brillaba sobre el pecho un crucifijo de cobre.
Asà le encontró Nay al acercarse en busca de su amante. Los dos pescadores subieron a ese tiempo el cadáver del otro europeo, el cual estaba vestido de la misma manera que su compañero.
Los pescadores refirieron a Sinar cómo habÃan encontrado a los dos blancos bajo una barraca de hojas de palmera, dos leguas arriba del Gambia, expirante el joven y ungiéndole el anciano al pronunciar oraciones en una lengua extraña.
El viejo sacerdote permaneció por algún rato abstraÃdo de cuanto le rodeaba. Luego que se puso en pie, Sinar, llevando de la mano a Nay, asustada ante aquel extranjero de tan raro traje y figura, le preguntó de dónde venÃa, qué objeto tenÃa su viaje y de qué paÃs era; y quedó sorprendido al oÃrle responder, aunque con alguna dificultad, en la lengua de los Achimis:
—Yo vengo de tu paÃs: veo pintada en tu pecho la serpiente roja de los Achimis nobles, y hablas su idioma. Mi misión es de paz y de amor: nacà en Francia. ¿Las leyes de este paÃs no permiten dar sepultura al cadáver del extranjero? Tus compatriotas lloraron sobre los de otros dos de mis hermanos, pusieron cruces sobre sus tumbas, y muchos las llevan de oro pendientes del cuello. ¿Me dejarás, pues, enterrar al extranjero?
Sinar le respondió:
—Parece que dices la verdad, y no debes de ser malo como los blancos, aunque se te parezcan; pero hay quien mande más que yo entre los Kombu-Manez. Ven con nosotros: te presentaré a su jefe y llevaremos el cadáver de tu amigo para saber si permite que lo entierres en sus dominios.
Mientras andaban el corto trecho que los separaba de la ciudad, Sinar hablaba con el misionero, y esforzábase Nay por entender lo que decÃan; seguÃanle los dos pescadores conduciendo en una manta el cadáver del joven sacerdote.
Durante el diálogo, Sinar se convenció de que el extranjero era veraz, por el modo como respondió a las preguntas que le hizo sobre el paÃs de los Achimis: reinaba en éste un hermano suyo, y a Sinar lo creÃan muerto. Explicóle el misionero los medios de que se habÃa valido para captarse el afecto de algunas tribus de los Achimis; afecto que tuvo por origen el acierto con que habÃa curado algunos enfermos, y la circunstancia de haber sido uno de ellos la esclava favorita del Rey. Los Achimis le habÃan dado una caravana y vÃveres para que se dirigiese a la costa con el único de sus compañeros que sobrevivÃa; pero sorprendidos en el viaje por una partida enemiga, unos de sus guardianes los abandonaron y otros fueron muertos; contentándose los vencedores con dejar sin guÃas en el desierto a los sacerdotes, temerosos quizá de que los vencidos volviesen a la pelea. Muchos dÃas viajaron sin otra guÃa que el Sol y sin más alimento que las frutas que hallaban en los oasis, y asà habÃan llegado a la ribera del Gambia, donde, devorado por la fiebre, acababa de expirar el joven cuando los pescadores los encontraron.
Magmahú y Sinar llevaron al sacerdote a presencia del jefe de los Kombu-Manez, y el segundo le dijo:
—He aquà un extranjero que te suplica le permitas enterrar en tus dominios el cadáver de su hermano, y tomar descanso para poder continuar viaje a su paÃs: en cambio, te promete curar a tu hijo.
Aquella noche, Sinar y dos esclavos suyos ayudaron al misionero a sepultar el cadáver. Arrodillado el anciano al borde de la huesa que los esclavos iban colmando, entonó un canto profundamente triste, y la Luna hacÃa brillar en la blanca barba del ministro lágrimas que rodaban a humedecer la tierra extranjera que le ocultaba al denodado amigo.
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