MarÃa
MarÃa Después de un instante, alzando a mirar a mi madre, que sin poderlo evitar lloraba con ella, le dijo:
—Todos lo saben, ¿no es verdad?, todos han querido que usted me lo diga.
—SÃ; todos lo saben, menos Emma.
—Solamente ella… ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —añadió ocultando la cabeza en los brazos que apoyaba sobre las rodillas de mi madre; y permaneció asà unos momentos.
Levantando luego pálido el rostro y rociado por una lluvia de lágrimas:
—Bueno —dijo—: ya usted cumplió; todo lo sé ya.
—Pero MarÃa —le interrumpió dulcemente mi madre— ¿es, pues, tanta desgracia que Carlos quiera ser tu esposo? ¿No es…?
—Yo le ruego… yo no quiero; yo no necesito saber más. ¿Conque han dejado que usted me lo proponga?… ¡Todos, todos lo han consentido! Pues yo digo —agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos— digo que antes que consentir en eso me moriré. ¡Ah!, ¿ese señor no sabe que yo tengo la misma enfermedad que mató a mi madre, siendo todavÃa ella muy joven?… ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora sin ella?
—¿Y no estoy yo aqu� ¿No te quiero con toda mi alma?…
Mi madre era menos fuerte que lo que ella pensaba.