María

María

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Por mis mejillas rodaron lágrimas que sentía gotear ardientes sobre mis manos, apoyadas en uno de los botones de la puerta que me ocultaba.

María respondió a mi madre:

—Pero entonces ¿por qué me propone usted esto?

—Porque era necesario que ese «no» saliera de tus labios, aunque me supusiera yo que lo darías.

—Y solamente usted se supuso que lo daría yo, ¿no es así?

—Tal vez algún otro lo supuso también. ¡Si supieras cuánto dolor, cuántos desvelos le ha causado este asunto al que tú juzgas más culpable!…

—¿A papá? —dijo menos pálida ya.

—No; a Efraín.

María exhaló un débil grito, y dejando caer la cabeza sobre el regazo de mi madre, se quedó inmóvil.

Esta abría los labios para llamarme, cuando María volvió a enderezarse lentamente; púsose en pie y dijo casi sonriente, volviendo a asegurarse los cabellos con las manos temblorosas.

—He hecho mal en llorar así, ¿no es cierto? Yo creí…

—Cálmate y enjuga esas lágrimas: yo quiero volver a verte tan contenta como estabas. Debes estimar la caballerosidad de su conducta…

—Sí, señora. Que no sepa él que he llorado ¿no? —decía enjugándose con el pañuelo de mi madre.


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