MarÃa
MarÃa —¿No ha hecho bien EfraÃn en consentir que te lo dijera todo?
—Tal vez… cómo no.
—Pero lo dices de un modo… Tu papá le puso por condición, aunque no era necesario, que te dejara decidir libremente en este caso.
—¿Condición? ¿Condición para qué?
—Le exigió que no te dijese nunca que sabÃamos y consentÃamos lo que entre vosotros pasa.
Las mejillas de MarÃa se tiñeron, al oÃr esto, del más suave encarnado. Sus ojos estaban clavados en el suelo.
—¿Por qué le exigÃa eso? —dijo al fin con voz que apenas alcanzaba a oÃr yo—. ¿Acaso tengo yo la culpa?… ¿Hago mal, pues?…
—No, hija; pero tu papá creyó que tu enfermedad necesitaba precauciones…
—¿Precauciones?… ¿No estoy yo buena ya? ¿No creen que no volveré a sufrir nada? ¿Cómo puede EfraÃn ser causa de mi mal?
—SerÃa imposible… queriéndote tanto, y quizá más que tú a él.
MarÃa movió la cabeza de un lado a otro, como respondiéndose a sà misma, y sacudiéndola en seguida con la ligereza con que solÃa hacerlo de niña para alejar un recuerdo miedoso, preguntó: