MarÃa
MarÃa
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Al amanecer del dÃa en que el jefe de los Kombu-Manez habÃa ordenado se diera principio a las pomposas fiestas que se hacÃan en celebración del desposorio de Sinar, éste, Nay y el misionero bajaron sigilosamente a la ribera del Gambia, y buscando allà el sitio más recóndito, el misionero se detuvo y les habló asÃ:
—El dios que os he hecho amar, el dios que adorarán vuestros hijos no desdeña por templo los pabellones de palmeras que nos ocultan; y en este instante os está viendo. Pidámosle que os bendiga.
Adelantándose con ellos a la orilla, dijo lentamente y con voz solemne una oración que los amantes repitieron arrodillados a uno y otro lado del sacerdote. En seguida les derramó agua sobre la cabeza pronunciando las palabras del bautismo.
El ministro permaneció orando solo algún espacio, y acercándose de nuevo a Nay y Sinar, les hizo enlazarse las manos, y antes de bendecÃrselas dijo a uno y otro palabras que Nay no olvidó jamás.
Era ya la última noche que los nobles de la tribu pasaban en casa de Magmahú en danzas y festines. Hermosas mujeres los rodeaban, y ellas y ellos ostentaban sus más bellas joyas y vestidos. Magmahú, por su gigantesca estatura y lo lujoso del traje que llevaba, se distinguÃa en medio de los guerreros, asà como Nay habÃa humillado durante seis dÃas con sus galas y encantos a las más bellas esposas y esclavas de los Kombu—Manez. Hachones de resinas aromáticas, sostenidos por cráneos perforados de Cambez, muertos en los combates por Magmahú, iluminaban los espaciosos aposentos. Si por momentos cesaban las músicas marciales, eran reemplazadas por la blanda y voluptuosa de las liras. Los convidados apuraban con exceso caros y enervantes licores; y todos habÃan ido rindiéndose lentamente al sueño. Sinar, huyendo de la algazara de la fiesta, descansaba en un lecho de sus habitaciones mientras Nay le refrescaba la frente con un abanico de plumas perfumadas.
De improviso se oyeron en el bosque vecino algunas detonaciones de fusiles seguidas de otras y otras que se acercaban a la morada de Magmahú. El llamó con voz estentórea a Sinar, quien empuñando un sable salió precipitadamente en su busca. Nay estaba abrazada a su esposo cuando Magmahú decÃa a éste:
—¡Los Cambez!… ¡Son ellos!… ¡Morirán degollados! —añadÃa removiendo inútilmente a los valientes tendidos inertes sobre los divanes y pavimentos.
Algunos hacÃan esfuerzos para ponerse en pie; pero a los más les era imposible.
El estruendo de las armas y los gritos de guerra se acercaban. Incendiadas las casas de la población más próximas a la ribera, un resplandor rojizo iluminaba el combate, y heridos por él relampagueaban los sables de los lidiadores.
Magmahú y Sinar, sordos a los alaridos de las mujeres, sordos a los lamentos de Nay, corrÃan hacia el sitio en que la pelea era más encarnizada, a tiempo que una masa compacta y desordenada de soldados se dirigÃa a la casa del jefe achanti, llamándoles a él y a Sinar con enronquecidas voces. Trataron de parapetarse en las habitaciones de Magmahú; pero todo fue inútil, y tardÃo ya el coraje con que los jefes extranjeros combatÃan y animaban a los guerreros Kombu-Manez.
Atravesado el corazón por una bala, Magmahú cayó. Pocos de sus compañeros dejaron de correr la misma suerte.
Sinar luchó hasta el fin defendiendo cuerpo a cuerpo a Nay y su vida, hasta que un capitán de los Cambez, de cuya diestra pendÃa sangrienta la cabeza del misionero francés, le gritó:
—RÃndete y te concederé la vida.
Nay presentó entonces las manos para que las atase aquel hombre. Ella sabÃa la suerte que le esperaba, y postrándose ante él le dijo:
—No mates a Sinar; yo soy tu esclava.
Sinar acababa de caer herido de un sablazo en la cabeza, y lo ataban ya como a ella.
Los feroces vencedores recorrieron los aposentos saciando su sed de sangre al principio, y después saqueándolos y amarrando prisioneros.
Los valientes Kombu-Manez se habÃan dormido en un festÃn y no despertaron… o despertaron esclavos.
Cuando amos y siervos ya, no vencedores y vencidos, llegaron a la ribera del Gambia, cuyas ondas enrojecÃan las últimas llamaradas del incendio, los Cambez hicieron embarcar con precipitación, en canoas que los esperaban, los numerosos prisioneros que conducÃan; mas no bien hubieron desatado éstas para abandonarse a las corrientes, una nutrida descarga de fusiles, hecha por algunos Kombu-Manez, que tarde ya volvÃan al combate, sorprendió a los navegantes que últimos habÃan dejado la ribera, y los cuerpos de muchos de ellos flotaron a poco sobre las aguas.
AmanecÃa cuando los vencedores atracaron las piraguas a la ribera derecha del rÃo, y dejando algunos de sus soldados en ellas, continuaron los otros la marcha por tierra custodiando el convoy de prisioneros, y encontrando de trecho en trecho masas de combatientes que habÃan emprendido retirada por en medio de los bosques.
Durante las largas horas del viaje hasta llegar a las inmediaciones de la costa, no permitieron a Nay los conductores que se acercase a Sinar, y éste vio incesantemente rodar lágrimas por sus mejillas.
A los dos dÃas, una mañana antes que el Sol ahuyentase las últimas sombras de la noche, condujeron a Nay y a otros prisioneros a la orilla del mar. Desde el dÃa anterior la habÃan separado de su esposo. Algunas canoas esperaban a los prisioneros varadas en las arenas, y a mucha distancia sobre la mar que el buen viento rizaba, blanqueaba el velamen de un bergantÃn.
—¿Dónde está Sinar, que no viene con nosotros? —preguntó Nay a uno de los jefes compañeros de prisión al saltar a la piragua.
—Desde ayer lo embarcaron —le respondió—; estará en el buque.
Ya en él, Nay busca entre los prisioneros amontonados en la bodega a Sinar. Llámalo y nadie le responde. Sus miradas extraviadas lo buscan otra vez en la sentina. Un sollozo y el nombre de su amante salieron a un mismo tiempo de su pecho, y cayó como muerta.
Cuando despertó de ese sueño quebrantador y espantoso, se halló sobre cubierta, y sólo divisó a su alrededor el nebuloso horizonte del mar. Nay no dijo ni un adiós a las montañas de su paÃs.
Los gritos de desesperación que dio al convencerse de la realidad de su desgracia fueron interrumpidos por las amenazas de un blanco de la tripulación, y como ella le dirigiese palabras amenazantes que por sus ademanes tal vez comprendió, alzó sobre Nay el látigo que empuñaba, y… volvió a hacerla insensible a su desventura.
Una mañana, después de muchos dÃas de navegación, Nay con otros esclavos estaba sobre cubierta.
Con motivo de la epidemia que habÃa atacado a los prisioneros se les dejaba respirar aire libre, temeroso sin duda el capitán del buque de que murieran algunos. Se oyó el grito de «¡tierra!» dado por los marineros.
Levantó ella la cabeza de las rodillas, y divisó una lÃnea azul más oscura que la que rodeaba constantemente el horizonte. Algunas horas después entró el bergantÃn a un puerto de Cuba, donde debÃan desembarcar algunos negros. Las mujeres de entre éstos, que iban a separarse de la hija de Magmahú, le abrazaron las rodillas sollozando, y los varones le dijeron adiós, doblando las suyas ante ella y sin tratar de ocultar el llanto que derramaban. Casi se consideraban dichosos los pocos que quedaron al lado de Nay.
El buque, después de recibir nueva carga, zarpó al dÃa siguiente; y la navegación que siguió fue más penosa por el mal tiempo. Ocho dÃas habrÃan pasado, y al visitar una noche el capitán la bodega, encontró muertos dos esclavos de los seis que, escogidos entre los más apuestos y robustos, reservaba. El uno se habÃa dado la muerte, y estaba bañado en la sangre de una ancha herida que tenÃa en el pecho, y en la cual se veÃa clavado un puñal de marinero que el infeliz habÃa recogido probablemente sobre la cubierta: el otro habÃa sucumbido a la fiebre. Los dos fueron despojados de los grillos que en una sola barra los aprisionaban a entrambos, y poco después vio sacar Nay los cadáveres para ser arrojados al mar.
Una de las esclavas de Nay y tres de los jefes Kombu-Manez eran los últimos compañeros que le quedaban, y de éstos sucumbió otro más la misma mañana en que hubo de acercarse el buque a una costa que entendió Nay llamarse Darién. A favor de un fuerte viento norte y de la marejada, el bergantÃn se internó en el golfo y se colocó cautamente a poca distancia de PisisÃ.
Entrada la noche, el capitán hizo poner en una lancha a Nay con los tres esclavos restantes, y embarcándose él también, dio orden a los marineros que debÃan manejarla para que se dirigiesen a cierto punto luminoso que señaló en la costa. Pronto estuvieron en tierra. Los esclavos fueron maniatados con cuerdas antes de desembarcar, y guiando uno de los marineros, siguieron por corto tiempo una senda montuosa. Al llegar a cierto punto, el capitán dio una señal particular con un silbato, y continuaron avanzando. Repetida la seña, fue contestada por otra semejante cuando ya divisaban, medio oculta entre los follajes de frondosos árboles, una casa, en cuyo corredor se vio luego a un hombre blanco, que con una luz en la mano, se hacÃa sombra en los ojos con la otra tratando de distinguir a los recién venidos que se acercaban. Pero los amenazantes ladridos de algunos perros enormes impedÃan a los viajeros adelantar. Aquietados aquéllos por las voces de su amo y de algunos sirvientes, pudo el capitán subir la escalera de la casa, edificada sobre estantillos, y después de abrazarse con el dueño, trabaron diálogo, durante el cual el capitán hablaba sin duda de los esclavos, pues los señalaba frecuentemente. Dieron orden para que subiesen éstos, y a ese tiempo salió al corredor una mujer joven, blanca y bastante bella, a quien saludó cordialmente el marino. El dueño de casa no pareció satisfecho después del examen que hizo de los tres compañeros de Nay; pero al fijarse en ésta, se detuvo hablando con la mujer blanca en un idioma más dulce que el que habÃa usado hasta entonces; y más musical pareció éste al responderle ella, dejando ver a Nay en sus miradas una compasión que agradeció.
Era el dueño de casa un irlandés llamado William Sardick, establecido hacÃa dos años en el golfo de Urabá, no lejos de Turbo, y su esposa, a quien Nay oyó nombrar Gabriela, una mestiza, cartagenera de nacimiento.
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