MarÃa
MarÃa —¿Qué debo hacer? Yo hago ya todo cuanto quieran.
—Carlos tendrÃa hoy ocasión de hablarte de sus pretensiones.
—¿A m�
—SÃ; oye: le dirás, conservando por supuesto toda la serenidad que te sea posible, que no puedes aceptar su oferta, aunque mucho te honra, porque eres muy niña, dejándole conocer que te causa verdadera pena dar esa negativa…
—Pero eso será cuando estemos reunidos todos.
—Sà —le respondió mi madre, complacida del candor que revelaban su voz y sus miradas—. Creo que sà merezco seas muy condescendiente para conmigo.
A lo cual nada repuso. Acercando con el brazo derecho la cabeza de mi madre a la suya, permaneció asà unos instantes mostrando en la expresión de su rostro la más acendrada ternura. Cruzó apresuradamente el aposento y desapareció tras las cortinas de la puerta que conducÃa a su habitación.