María
María La llegada de los correos y la visita de los señores de M… habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el día siguiente, casi sin interrupción; pero en los momentos que nos reunimos con la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora del descanso: a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo.
A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba, y respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió:
—Hemos hecho algo pero nos falta mucho. Conque hasta mañana temprano.
En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.
Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces sus ojos, en arrobadora languidez, no huían de los míos.
—¿Viste a tu amigo esta mañana? —me preguntó procurando hallar respuesta en mi semblante.