MarÃa
MarÃa —¡AvemarÃa! ¿Cómo no has de entender? Que si le has hablado de lo que…
Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreÃa de su infantil afán, prosiguió:
—Bueno; ya no me digas; —y se puso a hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.
—Si no me miras —le dije— no te confieso lo que he dicho a Carlos.
—Ya, pues… a ver, di —respondióme tratando de hacer lo que yo le exigÃa.
—Se lo he contado todo.
—¡Ay!, no; ¿todo?
—¿Hice mal?
—Sà asà debÃa ser… Pero entonces, ¿por qué no se lo contaste antes de que viniera?
—Mi padre se opuso a ello.
—SÃ, pero él no habrÃa venido; ¿no hubiera sido mejor? —Sin duda, pero yo no debÃa hacerlo, y hoy él está satisfecho de mÃ.
—¿Seguirá pues siendo tu amigo?
—No hay motivo para que deje de serlo.
—SÃ, porque yo no quiero que por esto…
—Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.
—¿Conque te separaste de él como de costumbre? Y él ¿se ha ido contento?
—Tan contento como era posible conseguirlo.
—Pero, yo no tengo la culpa, ¿no?