MarÃa
MarÃa —Queremos que sea de hoy en ocho dÃas. Si está bien pensado, lo haremos asÃ: en casa madrugaremos mucho, y no parando, llegaremos al pueblo cuando asome el sol; saliendo ustedes de aquà a las cinco, nos alcanzarán llegando; y como el señor cura tendrá todo listo, nos despacharemos temprano. Luisa es enemiga de fiestas, y las muchachas no bailan pasaremos, pues, el domingo como todos, con la diferencia de que ustedes nos harán una visita; y el lunes cada cual a su oficio: ¿no le parece? —concluyó dirigiéndose a mÃ.
—SÃ; pero, ¿irá a pie Tránsito al pueblo?
—¡Eh! —exclamó José.
—¿Pues cómo? —preguntó ella admirada.
—A caballo, ¿no están ahà los mÃos?
—Si a mà me gusta más andar a pie; y a LucÃa no es sólo eso, sino que les tiene miedo a las bestias22.
—¿Pero por qué? —preguntó Emma.
—Si en la provincia solamente los blancos andan a caballo; ¿no es asà padre?
—SÃ; y los que no son blancos, cuando ya están viejos.
—¿Quién te ha dicho que no eres blanca? —pregunté a Tránsito—; y blanca como pocas.
La muchacha se puso colorada como una guinda, al responderme: