MarÃa
MarÃa —He venido —añadió después de haberse paseado silencioso algunos instantes por el cuarto— a ayudarle a usted a disponer su regreso a América.
—¡Al Cauca! —exclamé, olvidado por un momento de todo, menos de MarÃa y de mi paÃs.
—Sà —me respondió— pero ya habrá usted adivinado la causa.
—¡Mi madre! —prorrumpà desconcertado.
—Está buena —respondió.
—¿Quién, pues? —grité asiendo el paquete que sus manos retenÃan.
—Nadie ha muerto.
—¡MarÃa! ¡MarÃa! —exclamé, como si ella pudiera acudir a mis voces, y caà sin fuerzas sobre el asiento.
—Vamos —dijo procurando hacerse oÃr el señor A… —; para esto fue necesaria mi venida. Ella vivirá si usted llega a tiempo. Lea usted las cartas, que ahà debe venir una de ella.
«Vente —me decÃa— ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. Al fin me consienten que te confiese la verdad: hace un año que me mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos dÃas. Si no hubieran interrumpido esa felicidad, yo habrÃa vivido para ti.