MarÃa
MarÃa »Si vienes… sÃ, vendrás, porque yo tendré fuerzas para resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu MarÃa; pero esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. Si no te espero, si una fuerza más poderosa que mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo guarde, todo lo que yo sé te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo en donde están los tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vÃsperas de irte, y todas tus cartas.
»Pero, ¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me alentaré; si vuelvo a oÃr tu voz, si tus ojos me dicen un solo instante lo que ellos solo sabÃan decirme, yo viviré y volveré a ser como antes era. Yo no quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».
—Acabe usted —me dijo el señor A… recogiendo la carta de mi padre caÃda a mis pies—. Usted mismo conocerá que no podemos perder tiempo.
Mi padre decÃa lo que yo habÃa sabido ya demasiado cruelmente. Quedábales a los médicos sólo una esperanza de salvar a MarÃa: la que les hacÃa conservar mi regreso. Ante esa necesidad mi padre no vaciló; ordenábame regresar con la mayor precipitud posible, y se disculpaba por no haberlo dispuesto asà antes.
Dos horas después salà de Londres.