MarÃa
MarÃa —Las que yo digo son las gentes ricas, las señoras.
José, luego que fue a saludar a mi padre, se despidió prometiéndonos volver por la tarde, a pesar de nuestras instancias para que se quedase a comer con nosotros.
A las cinco, como saliese la familia a acompañar a Tránsito hasta el pie de la montaña, MarÃa, que iba a mi lado, me decÃa:
—Si hubieras visto a mi ahijada con el traje de novia que le he hecho, y los zarcillos y gargantilla que le han regalado Emma y mamá, estoy segura que te habrÃa parecido muy linda.
—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque Tránsito se opuso. Tenemos que preguntarle a mamá qué dicen y qué hacen los padrinos en la ceremonia.
—De veras, y los ahijados nos enseñarán qué responden los que se casan, por si se nos llegare a ofrecer.
Ni las miradas ni los labios de MarÃa respondieron a esta alusión a nuestra futura felicidad; y permaneció pensativa mientras andábamos el corto trecho que nos faltaba para llegar a la orilla de la montaña.
Allà estaba esperando Braulio a su novia, y se adelantó risueño y respetuoso a saludarnos.