María

María

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—Se les va a hacer de noche para bajar —nos dijo Tránsito.

Se despidieron cariñosamente de nosotros los montañeses. Se habían internado algún espacio en la selva cuando oímos la buena voz de Braulio que cantaba vueltas23 antioqueñas.

Después de nuestro diálogo, María no había vuelto a estar risueña. Inútilmente trataba yo de ocultarme la causa; bien la sabía por mi mal: ella pensaba al ver la felicidad de Tránsito y Braulio, en que pronto íbamos nosotros a separarnos, en que tal vez no volveríamos a vernos… quizá en la enfermedad de que había muerto su madre. Y no me atrevía a turbar su silencio.

Bajando las últimas colinas, Juan, a quien ella llevaba de la mano, me dijo:

—María quiere que yo sea guapo para caminar, y ella está cansada.

Ofrecíle entonces mi brazo para que se apoyara, lo que no había podido hacer por atención a Emma y a mi madre.

Estábamos ya a poca distancia de la casa. Se iban apagando los arreboles que al ocultarse el Sol había dejado sobre las sierras de occidente; la luna, levantándose a nuestra espalda sobre las montañas de que nos alejábamos, proyectaba las inquietas sombras de los sauces y enredaderas del jardín en los muros pálidamente iluminados.


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