MarÃa
MarÃa
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HundÃase en los confines nebulosos del PacÃfico el Sol del veinticinco de julio, llenando el horizonte de resplandores de oro y rubÃ; persiguiendo con sus rayos horizontales hasta las olas azuladas que iban como fugitivas a ocultarse bajo las selvas sombrÃas de la costa. La Emilia López, a bordo de la cual venÃa yo de Panamá, fondeó en la bahÃa de Buenaventura después de haber jugueteado sobre la alfombra marina acariciada por las brisas del litoral.
Reclinado sobre el barandaje de cubierta, contemplé esas montañas a vista de las cuales sentÃa renacer tan dulces esperanzas. Diez y siete meses antes rodando a sus pies, impulsado por las corrientes tumultuosas del Dagua, mi corazón habÃa dicho un adiós a cada una de ellas, y su soledad y silencio habÃan armonizado con mi dolor.
Estremecida por las brisas, temblaba en mis manos una carta de MarÃa que habÃa recibido en Panamá, la cual volvà a leer a la luz del moribundo crepúsculo. Acaban de recorrerla mis ojos… Amarillenta ya, aún parece húmeda con mis lágrimas de aquellos dÃas.
»La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas. Ya puedo contar los dÃas, porque cada uno que pasa acerca más aquel en que he de volver a verte.
»Hoy ha estado muy hermosa la mañana, tan hermosa como esas que no has olvidado. Hice que Emma me llevara al huerto; estuve en los sitios que me son más queridos en él; y me sentà casi buena bajo esos árboles, rodeada de todas esas flores, viendo correr el arroyo, sentada en el banco de piedra de la orilla. Si esto me sucede ahora, ¿cómo no he de mejorarme cuando vuelva a recorrerlo acompañada por ti?
»Acabo de poner azucenas y rosas de las nuestras al cuadro de la Virgen, y me ha parecido que ella me miraba más dulcemente que de costumbre y que iba a sonreÃr.
»Pero quieren que vayamos a la ciudad, porque dicen que allá podrán asistirme mejor los médicos: yo no necesito otro remedio que verte a mi lado para siempre. Yo quiero esperarte aquÃ: no quiero abandonar todo esto que amabas, porque se me figura que a mà me lo dejaste recomendado y que me amarÃas menos en otra parte. Suplicaré para que papá demore nuestro viaje, y mientras tanto llegarás, adiós».
Los últimos renglones eran casi ilegibles.
El bote de la aduana, que al echar ancla la goleta, habÃa salido de la playa, estaba ya inmediato.
—¡Lorenzo! —exclamé al reconocer a un amigo querido en el gallardo mulato que venÃa de pie en medio del Administrador y del jefe del resguardo.
—¡Allá voy! —contestó.
Y subiendo precipitadamente la escala, me estrechó en sus brazos.
—No lloremos —dijo enjugándose los ojos con una de las puntas de su manta y esforzándose por sonreÃr: nos están viendo y esos marineros tienen corazón de piedra.
Ya en medias palabras me habÃa dicho lo que con mayor ansiedad deseaba yo saber: MarÃa estaba mejor cuando él salió de casa. Aunque hacÃa dos semanas que me esperaba en Buenaventura, no habÃan venido cartas para mà sino las que él trajo, seguramente porque la familia me aguardaba de un momento a otro.
Lorenzo no era esclavo. Compañero fiel de mi padre en los viajes frecuentes que éste hizo durante su vida comercial, era amado por toda la familia, y gozaba en casa fueros de mayordomo y consideraciones de amigo. En la fisonomÃa y talante mostraba su vigor y franco carácter: alto y fornido, tenÃa la frente espaciosa y con entradas; hermosos ojos sombreados por cejas crespas y negras; recta y elástica nariz; bella dentadura, cariñosas sonrisas y barba enérgica.
Verificada la visita de ceremonia del Administrador al buque, la cual habÃa precipitado suponiendo encontrarme en él, se puso mi equipaje en el bote, y yo salté a éste con los que regresaban, después de haberme despedido del capitán y de algunos de mis compañeros de viaje. Cuando nos acercábamos a la ribera, el horizonte se habÃa ya entenebrecido: olas negras, tersas y silenciosas pasaban meciéndonos para perderse de nuevo en la oscuridad: luciérnagas sinnúmero revoloteaban sobre el crespón rumoroso de las selvas de las orillas.
El Administrador, sujeto de alguna edad, obeso y rubicundo, era amigo de mi padre. Luego que estuvimos en tierra, me condujo a su casa y me instaló él mismo en el cuarto que tenÃa preparado para mÃ. Después de colgar una hamaca corozaleña, amplia y perfumada, salió, diciéndome antes:
—Voy a dar disposiciones para el despacho de tu equipaje, y otras más importantes y urgentes al cocinero, porque supongo que las bodegas y reposterÃa de la Emilia no vendrÃan muy recargadas: me ha parecido hoy muy retozona.
Aunque el Administrador era padre de una bella e interesante familia establecida en el interior del Cauca, al hacerse cargo del destino que desempeñaba, no se habÃa resuelto traerla al puerto, por mil razones que me tenÃa dadas y que yo, a pesar de mi inexperiencia, hallé incontestables. Las gentes porteñas le parecÃan cada dÃa más alegres, comunicativas y despreocupadas; pero no encontrarÃa grave mal en ello, puesto que después de algunos meses de permanencia en la costa, el mismo Administrador se habÃa contagiado más que medianamente de aquella despreocupación.
Después de un cuarto de hora que yo empleé en cambiar por otro mi traje de a bordo, el Administrador volvió a buscarme: traÃa ya en lugar de su vestido de ceremonia, pantalones y chaqueta de intachable blancura; su chaleco y corbata habÃan empezado una nueva temporada de oscuridad y abandono.
—Descansarás un par de dÃas aquà antes de seguir tu viaje —dijo llenando dos copas con brandy que tomó de una hermosa frasquera.
—Pero es que yo no necesito ni puedo descansar —le observé.
—Toma el brandy; es un excelente Martell; o ¿prefieres otra cosa?
—Yo creà que Lorenzo tenÃa preparados bogas y canoas para madrugar mañana.
—Ya veremos. Conque ¿prefieres ginebra o ajenjo?
—Lo que usted guste.
—Salud, pues —dijo convidándome.
Y después de vaciar de un trago la copa:
—¿No es superior? —preguntó guiñando entrambos ojos; y produciendo con la lengua y el paladar un ruido semejante al de un beso sonoro, añadió—: ya se ve que habrás saboreado el más añejo de Inglaterra.
—En todas partes abrasa el paladar. ¿Conque podré madrugar?
—Si todo es broma mÃa —respondió acostándose descuidadamente en la hamaca, limpiándose el sudor de la garganta y de la frente con un gran pañuelo de seda de India, fragante como el de una novia—. Conque abrasa ¿eh? Pues el agua y él son los únicos médicos que tenemos aquÃ, salvo mordedura de vÃbora.
—Hablemos de veras: ¿Qué es lo que usted llama su broma?
—La propuesta de que descanses, hombre. ¿Se te figura que tu padre se ha dormido para recomendarme tuviera todo preparado para tu marcha? Va para quince dÃas que llegó Lorenzo, y hace ocho que están listos los bogas y ranchada la canoa. Lo cierto es que he debido ser menos puntual, y habrÃa logrado de esa manera que te dejaras ajonjear por mà dos dÃas.
—¡Cuánto le agradezco su puntualidad!
Rióse ruidosamente impulsando la hamaca para darse aire, diciéndome al fin:
—¡Malagradecido!
—No es eso: usted sabe que no puedo, que no debo demorarme ni una hora más de lo indispensable; que es urgente que llegue yo a casa muy pronto…
—SÃ, sÃ; es verdad; serÃa un egoÃsmo de mi parte —dijo ya serio.
—¿Qué sabe usted?
—La enfermedad de una de las señoritas… Pero recibirÃas las cartas que te envié a Panamá.
—SÃ, gracias, a tiempo de embarcarme.
—¿No te dicen que está mejor?:
—Eso dicen.
—¿Y Lorenzo?
—Dice lo mismo.
Pasado un momento en que ambos guardábamos silencio, el Administrador gritó incorporándose en la hamaca:
—¡Marcos, la comida!
Un criado entró luego a anunciarnos que la mesa estaba servida.
—Vamos —dijo mi huésped poniéndose en pie— hace hambre; si hubieras tomado el brandy tendrÃas un buen apetito. ¡Hola! —agregó a tiempo que entrábamos al comedor y dirigiéndose a un paje—: si vienen a buscarnos, di que no estamos en casa. Es necesario que te acuestes temprano para poder madrugar —me observó señalándome el asiento de la cabecera.
El y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado mÃo.
—¡Diantre! —exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa lámpara de la mesa bañó mi rostro—: ¡qué bozo has traÃdo!, si no fueras moreno se podrÃa jurar que no sabes dar los buenos dÃas en castellano. Se me figura que estoy viendo a tu padre cuando él tenÃa veinte años; pero me parece que eres más alto que él: sin esa seriedad, heredada sin duda de tu madre, creerÃa estar con el judÃo la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó. ¿No te parece Lorenzo?
—Idéntico —respondió éste.
—Si hubieras visto —continuó mi huésped dirigiéndose a él— el afán de nuestro inglesito luego que le dije que tendrÃa que permanecer conmigo dos dÃas… Se impacientó hasta decirme que mi brandy abrasaba no sé qué. ¡Caracoles!, temà que me regañara. Vamos a ver si te parece lo mismo este tinto, y si logramos que te haga sonreÃr. ¿Qué tal? —añadió después que probé el vino.
—Es muy bueno.
—Temblando estaba de que me le hicieras gesto porque es lo mejor que he podido conseguir para que tomes en el rÃo.
La jovialidad del Administrador no flaqueó un instante durante dos horas. A las nueve permitió que me retirase, prometiéndome estar en pie a las cuatro de la mañana para acompañarme al embarcadero. A darme las buenas noches, agregó:
—Espero que no te quejarás mañana de las ratas como la otra vez: una mala noche que te hicieron pasar les ha costado carÃsimo: les he hecho desde entonces guerra a muerte.
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