MarÃa
MarÃa Yo espiaba el rostro de MarÃa, sin que ella lo notase, buscando los sÃntomas de su mal, a los cuales precedÃa siempre aquella melancolÃa que de súbito se habÃa apoderado de ella.
—¿Por qué te has entristecido? —le pregunté al fin.
—¿No he estado pues como siempre? —me respondió cual si despertase de un ligero sueño—. ¿Y tú?
—Es porque has estado asÃ.
—Pero, ¿no podrÃa yo contentarte?
—Vuelve pues a estar alegre.
—¿Alegre? —preguntó como admirada—; ¿y lo estarás tú también?
—SÃ, sÃ.
—Mira: ya estoy como quieres —me dijo sonriente—; ¿nada más exiges?…
—Nada más… ¡Ah! SÃ: aquello que me has prometido y no me has dado.
—¿Qué será? ¿Creerás que no me acuerdo?
—¿No? ¿Y los cabellos?
—¿Y si lo notan al peinarme?
—Dirás que fue cortando una cinta.
—¿Esto es? —dijo— después de haber buscado bajo el pañolón, mostrándome algo que le negreaba en la mano y que ésta me ocultó al cerrarse.
—SÃ, eso; dámelos ahora.