MarÃa
MarÃa —Si es una cinta —contestó volviendo a guardar lo que me habÃa mostrado.
—Bueno; no te los exigiré más.
—¡Conque bueno! ¿Y entonces para qué me los he cortado? Es que falta componerlos bien; y mañana precisamente…
—Esta noche.
—También; esta noche.
Mi brazo oprimió suavemente el suyo, desnudo de la muselina y encajes de la manga; su mano rodó poco a poco hasta encontrarse con la mÃa; la dejó levantar del mismo modo hasta mis labios; y apoyándose con más fuerza en mà para subir la escalera del corredor, me decÃa con voz lenta y de vibraciones acalladas:
—¿Ahora sà estás contento? No volvamos a estar tristes.
Quiso mi padre que en aquella noche le leyese de sobremesa algo del último número de El DÃa. Terminada la lectura, se retiró él, y pasé yo a la sala.
Se me acercó Juan y puso la cabeza en una de mis rodillas.
—¿No duermes esta noche? —le pregunté acariciándolo.
—Quiero que tú me hagas dormir —me contestó en aquella lengua que pocos podÃan entenderle.
—¿Y por qué no MarÃa?