MarÃa
MarÃa —SÃ, mi amo —contestaron a dúo los dos negros. A dos cuadras estarÃamos de la playa, y creà distinguir el bulto blanco del Administrador, inmóvil en el mismo sitio en que acababa de abrazarme.
Los resplandores amarillentos de la luna, velados a veces, fúnebres siempre, nos acompañaron hasta después de haber entrado a la embocadura del Dagua.
PermanecÃa yo en pie a la puerta del rústico camarote, techumbre abovedada, hecha con matambas, bejucos y hojas de rabihorcado, que en el rÃo llaman rancho. Lorenzo, después de haberme arreglado una especie de cama sobre tablas de guadua bajo aquella navegante gruta, estaba sentado a mis pies con la cabeza apoyada sobre las rodillas y parecÃa dormitar. Cortico (o sea Gregorio, que tal era su nombre de pila bogaba cerca de nosotros refunfuñando a ratos la tonada de un bunde. El atlético cuerpo de Laureán se dibujaba como el perfil de un gigante sobre los últimos celajes de la Luna ya casi invisible.
Apenas si se oÃan el canto monótono y ronco de los bamburés en los manglares sombrÃos de las riberas y el ruido sigiloso de las corrientes, interrumpiendo aquel silencio solemne que rodea los desiertos en su último sueño, sueño siempre profundo como el del hombre en las postreras horas de la noche.
—Toma un trago, Cortico, y entona esa canción triste —dije al boga enano.