MarÃa
MarÃa —Aquà —respondió Juan— obligándola a sentarse a mi lado.
Referà a MarÃa todo lo que habÃa charlado su consentido. Ella, tomando la cabeza de Juan entre las manos y tocándole la frente con la suya, dÃjole:
—¡Ah ingrato! Duérmete pues con él.
Juan se puso a llorar tendiéndome los bracitos para que lo tomase.
—No, mi amo; no, mi señor —le decÃa ella—: son chanzas de tu Mimiya; —y lo acariciaba.
Mas el niño insistió en que yo lo recibiera.
—¿Conque eso haces conmigo, Juan? —continuó MarÃa quejándosele. Bueno, ya el señor está hombre: esta noche haré que le lleven la cama al cuarto de su hermano; ya él no me necesita: yo me quedaré sola y llorando porque no me quiere más.
Se cubrió los ojos con una mano para hacerle creer que lloraba: Juan esperó un instante; mas como ella persistió en fingirle llanto, se escurrió poco a poco de mis rodillas, y se le acercó tratando de descubrirle el rostro. Encontrando los labios de MarÃa sonrientes, y amorosos los ojos, rió también y abrazándosele de la cintura recostó la cabeza en su regazo, diciéndole:
—Te quiero como a los ojitos, te quiero como al corazón. Ya no estoy bravo ni tonto. Esta noche voy a rezar el bendito muy formal para que me hagas otros calzones.