MarÃa
MarÃa San Juan, San Juan.
Escura como mi negra,
Ni má, ni má.
La lú de su s’ojo mÃo
Der má, der má.
Lo relámpago parecen,
Bogá, bogá.
Aquel cantar armonizaba dolorosamente con la naturaleza que nos rodeaba; los tardos ecos de esas selvas inmensas repetÃan sus acentos quejumbrosos, profundos y lentos.
—No más bunde —dije a los negros aprovechándome de la última pausa.
—¿Le parece a su mercé mal cantao? —preguntó Gregorio, que era el más comunicativo.
—No, hombre, muy triste.
—¿La juga?
—Lo que sea.
—¡Alabao! Si cuando me cantan bien una juga y la baila con este negro Mariugenia… créame su mercé lo que le digo: hasta lo’ s’ángele del cielo zapatean con gana de bailala.
—Abra el ojo y cierre el pico, compae —dijo Laureán—; ¿ya oyó?
—¿Acaso soy sordo?
—Bueno, pué.
—Vamo a velo, señó.