MarÃa
MarÃa —Muéstrame los calzones que te hacen —le dije.
Juan se puso en pie sobre el sofá, entre MarÃa y yo, para hacerme admirar sus primeros calzones.
—¡Qué lindos! —exclamé abrazándolo—. Si me quieres bastante y eres formal, conseguiré que te hagan muchos, y te compraré silla, zamarros, espuelas…
—Y un caballito negro —me interrumpió.
—SÃ.
Abrazóme dándome un prolongado beso, y asido al cuello de MarÃa, quien volvÃa el rostro para esquivarle los labios, la obligó a recibir idéntico agasajo. Se arrodilló donde habÃa estado en pie, con las manos juntas rezó devotamente el bendito y se reclinó soñoliento sobre la falda que ella le brindaba.
Noté que la mano izquierda de MarÃa jugaba con algo sobre la cabellera del niño, al paso que una sonrisa maliciosa le asomaba a los labios. Con una rápida mirada me mostró entre los cabellos de Juan el bucle de los que me tenÃa prometidos; ya me apresuraba yo a tomarlos, cuando ella, reteniéndolos, me dijo:
—¿Y para mÃ?… tal vez sea malo exigÃrtelo.
—¿Los mÃos? —le pregunté.
Significóme que sÃ, agregando:
—¿No quedarán bien en el mismo guardapelo en que tengo los de mi madre?