MarÃa
MarÃa En la mañana siguiente tuve que hacer un esfuerzo para que mi padre no comprendiese lo penoso que me era acompañarlo en su visita a las haciendas de abajo. El, como lo hacÃa siempre que iba a emprender viaje, por corto que fuese, intervenÃa en el arreglo de todo, aunque no era necesario, y repetÃa sus órdenes más que de costumbre. Como era preciso llevar algunas provisiones delicadas para la semana que Ãbamos a permanecer fuera de la casa, provisiones a las cuales era mi padre muy aficionado, riéndose él al ver las que acomodaban Emma y MarÃa en el comedor, dentro de los cuchugos que Juan Angel debÃa llevar colgados a la cabeza de la silla, dijo:
—¡Válgame Dios, hijas! ¿Todo eso cabrá ah�
—SÃ, señor —respondió MarÃa.
—Pero si con esto bastará para un obispo. ¡Ajá! Eres tú la más empeñada en que no lo pasemos mal.
MarÃa, que estaba de rodillas acomodando las provisiones, y que le daba la espalda a mi padre, se volvió para decirle tÃmidamente a tiempo que yo llegaba:
—Pues como van a estarse tantos dÃas…
—No muchos, niña —le replicó riéndose—. Por mà no lo digo: todo te lo agradezco, pero este muchacho se pone tan desganado allá… Mira —agregó dirigiéndose a mÃ.
—¿Qué cosa?