MarÃa
MarÃa La lluvia azotaba rudamente la techumbre del rancho. Aquella oscuridad y silencio eran gratos para mà después del trato forzado y de la fingida amabilidad usada durante mi viaje con toda clase de gentes. Los más dulces recuerdos, los más tristes pensamientos volvieron a disputarse mi corazón en aquellos instantes para reanimarlo o entristecerlo. Bastábanme ya cinco dÃas de viaje para volver a tenerla en mis brazos y devolverle toda la vida que mi ausencia le habÃa robado. Mi voz, mis caricias, mis ojos, que tan dulcemente habÃan sabido conmoverla en otros dÃas, ¿no serÃan capaces de disputársela al dolor y a la muerte? Aquel amor ante el cual la ciencia se consideraba impotente, que la ciencia llamaba en su auxilio, debÃa poderlo todo.
RecorrÃa, en mi memoria lo que me decÃa en sus últimas cartas: «La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas… Yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».
La casa paterna en medio de sus verdes colinas, sombreada por sauces añosos, engalanada con rosales, iluminada por los resplandores del Sol al nacer, se presentaba a mi imaginación: eran los ropajes de MarÃa los que susurraban cerca de mÃ; la brisa del Zabaletas, la que movÃa mis cabellos; las esencias de las flores cultivadas por MarÃa, las que aspiraba yo… Y el desierto con sus aromas, sus perfumes y sus susurros era cómplice de mi deliciosa ilusión.