MarÃa
MarÃa —Pues todo lo que ponen. Con tal avÃo hasta puede suceder que me resuelva a estarme quince dÃas.
—Pero si es mamá quien ha mandado —observó MarÃa.
—No hagas caso, judÃa —asà solÃa llamarla algunas veces cuando se chanceaba con ella—; todo está bueno; pero no veo aquà tinto del último que vino, y allá no hay; es necesario llevar.
—Si ya no cabe —le respondió MarÃa sonriendo.
—Ya veremos.
Y fue personalmente a la bodega por el vino que indicaba: al regresar con Juan Angel, recargado además con unas latas de salmón, repitió:
—Ahora veremos.
—¿Eso también? —exclamó ella viendo las latas.
Como mi padre trataba de sacar del cuchugo una lata ya acomodada, MarÃa, alarmándose, le observó:
—Es que esto no puede quedarse.
—¿Por qué, mi hija?
—Porque son las pastas que más le gustan y… porque las he hecho yo.
—¿Y también son para m� —le preguntó mi padre por lo bajo.
—¿Pues no están ya acomodadas?
—Digo que…