María

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Detúvose la canoa en una playa de la ribera izquierda.

—¿Qué es? —pregunté a Lorenzo.

—Estamos en el Arenal.

—¡Oopa! Un guarda, qué contrabando va —gritó Cortico.

—¡Alto! —contestó un hombre, que debía estar en acecho, pues dio esa voz a pocas varas de la orilla.

Los bogas soltaron a dúo una estrepitosa carcajada, y no había puesto punto final a la suya Gregorio, cuando dijo:

—¡San Pablo bendito!, que casi me pica este cristiano. Cabo Ansermo, a busté lo va a matá un rumatismo metío entre un carrizar. ¿Quién le contó que yo subía, señó?

—Bellaco —le respondió el guarda— las brujas. ¿A ver que llevas?

—Buque de gente.

Lorenzo había encendido luz, y el cabo entró al rancho, dando de paso al negro contrabandista una sonora palmada en la espalda a guisa de cariño. Luego que me saludó franca y respetuosamente, se puso a examinar la guía, y mientras tanto Laureán y Gregorio, en pampanilla, sonreían asomados a la boca del camarote.


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