MarÃa
MarÃa —Ahora vuelvo —interrumpió ella poniéndose en pie—. Aquà faltan unos pañuelos.
Y desapareció para regresar un momento después.
Mi padre, que era tenaz cuando se chanceaba, le dijo nuevamente en el mismo tono que antes, inclinándose a colocar algo cerca de ella:
—Allá cambiaremos pastas por vino.
Ella apenas se atrevÃa a mirarlo; y notando que el almuerzo estaba servido, dijo levantándose:
—Ya está la mesa puesta, señor; —y dirigiéndose a Emma—: dejemos a Estéfana lo que falta; ella lo hará bien.
Cuando yo me dirigÃa al comedor, MarÃa salÃa de los aposentos de mi madre, y la detuve allÃ.
—Corta ahora —le dije el pelo que quieras.
—¡Ay!, no, yo no.
—Di de dónde, pues.
—De donde no se note. —Y me entregó unas tijeras.
HabÃa abierto el guardapelo que llevaba suspendido al cuello. Presentándome la cajilla vacÃa, me dijo:
—Ponlo aquÃ.
—¿Y el de tu madre?
—Voy a colocarlo encima para que no se vea el tuyo.
HÃzolo asà diciéndome:
—Me parece que hoy te vas contento.