MarÃa
MarÃa El dÃa siguiente, doce de diciembre, debÃa verificarse el matrimonio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que estarÃamos entre siete y ocho en la parroquia. HabÃase resuelto que mi madre, MarÃa, Felipe y yo serÃamos los del paseo, porque mi hermana debÃa quedarse arreglando no sé qué regalos que debÃan enviarse muy de mañana a la montaña, para que los encontrasen allà los novios a su regreso.
Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra sentada en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y MarÃa y yo conversábamos reclinados en el barandaje.
—Tienes —me decÃa— algo que te molesta, y no puedo adivinar.
—Pero, ¿qué puede ser? ¿No me has visto contento? ¿No he estado como esperabas que estarÃa al volver a tu lado?
—No; has hecho esfuerzos para mostrarte asÃ; y sin embargo yo he descubierto lo que nunca en ti: que fingÃas.
—¿Pero contigo?
—SÃ.
—Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.
—No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.