MarÃa
MarÃa —Siempre.
—No; ha sido hoy.
—Va para cuatro meses que vivo engañando…
—¿A mà también?… ¿A mÃ? ¡Engañarme tú a mÃ!
Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que temÃa; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:
—ExplÃcame eso.
—Si no tiene explicación.
—Por Dios, por… por lo que más quieras, explÃcamelo.
—Todo es cierto.
—¡No es!
—Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pensar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.
—Yo no sé qué será.
—Pues entonces convéncete de que te he engañado.
—No, no; ya voy a decirte; pero ¿cómo te lo puedo decir?
—Piensa.
—Ya pensé —dijo MarÃa después de un momento de pausa.
—Di pues.