María

María

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—¿Le parece bueno que durmamos aquí? Esta es buena gente y hay pasto para las bestias.

—No seas flojo —le contesté—: yo no tengo sueño y las mulas están frescas.

—No se afane —me observó tomándome el estribo—: lo que quiero es ventear estos judas, no sea que se nos achajuanen por estar tan ovachonas. Justo viene con mis mulas para Juntas —continuó descinchando la mía— y según me dijo ese muchacho que encontramos en la Puerta, debe toldar esta noche en Santana, si no consigue llegar a Hojas. Donde lo encontremos, tomamos chocolate e iremos a dormir un ratico por ahí donde se pueda. ¿Le gusta así?

—Por supuesto: es necesario llegar a Cali mañana en la tarde.

—No tanto: dando las siete en San Francisco iremos entrando; pero yendo a mi paso, porque de no, daremos gracias en llegar a San Antonio.

Hablando y haciendo, bañaba los lomos de las mulas con buchadas de anisado. Sacó fuego de su eslabón y encendió cigarro; echó una reprimenda al muchacho, que venía atrasándose, porque dizque su mula era cueruda, y emprendimos nuevamente marcha mal despedidos por los gozques de la casita.


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