MarÃa
MarÃa No obstante que el camino estaba bueno, es decir, seco, no pudimos llegar a Hojas sino pasadas las diez. Sobre el plano que corona la cuesta blanqueaba una tolda. Lorenzo, fijándose en las mulas que ramoneaban en las orillas de la senda, dijo:
—Ahà está Justo, porque aquà andan el Tamborero y el Frontino, que nunca desmanchan.
—¿Qué gente es ésa? —le pregunté.
—Pues machos mÃos.
Silencio profundo reinaba en torno de la caravana arriera: un viento frÃo columpiaba los cañaverales y mandules de las faldas vecinas, avivando a veces las brasas amortiguadas de dos fogones inmediatos a la tolda. Junto a uno de ellos dormÃa enroscado un perro negro, que gruñó al sentirnos y ladró al reconocernos por extraños.
—¡AvemarÃa! —gritó Lorenzo, dando asà a los arrieros el saludo que entre ellos se acostumbraba al llegar a una posada—. ¡Calla, Barbillas! —agregó dirigiéndose al perro y echando pie a tierra.
Un mulato alto y delgado salió de entre las barricadas de zurrones de tabaco, que tapiaban los dos costados de la tolda por donde ésta no llegaba hasta el suelo: era el caporal Justo. VestÃa camisa de coleta con pretensiones a blusa corta, calzoncillos bombachos, y tenÃa la cabeza cubierta con un pañuelo atado a la nuca.