MarÃa
MarÃa —¡Olé!, ñor Lorenzo —dijo a su patrón reconociéndolo; y agregó—: ¿éste no es el niño EfraÃn?
Correspondimos a sus saludos, Lorenzo con un pampeo en la espalda y una chanzoneta, yo lo más cariñosamente que el estropeo me lo permitÃa.
—Apéense —continuó el caporal—; traerán cansada alguna mula.
—Las tuyas serán las cansadas —le respondió Lorenzo— pues vienen a paso de hormiga.
—Ahà verá que no. ¿Pero qué andan haciendo a estas horas?
—Caminando mientras tú roncas. Déjate de conversar y manda al guión que nos atice unas brasas para hacer chocolate.
Los otros arrieros se habÃan despertado, asà como el negrito que debÃa atizar. Justo encendió un cabo de vela, y después de colocarlo en un plátano agujereado, tendió un cobijón limpio en el suelo para que yo me sentase.
—¿Y hast’onde van ahora? —preguntó mientras Lorenzo sacaba de sus cojinetes provisiones para acompañar el chocolate.
—A Santana —respondió—. ¿Cómo van las muletas? El hijo de la GarcÃa me dijo al salir de Juntas que se te habÃa cansado la rosilla.