MarÃa
MarÃa —Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa por que has estado asà esta noche. ¿Has visto al doctor en estos dÃas?
—SÃ.
—¿Qué te ha dicho de m�
—Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables de eso.
—Una palabra y no más: ¿qué otra cosa ha dicho? El cree que mi enfermedad es la misma de mi madre… y acaso tenga razón.
—¡Oh!, no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?
—SÃ; y a pesar de ello muchas veces… muchas veces he pensado con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oÃdo: le he pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar…
—Quizá no con tanto como yo.
—PÃdele siempre.
—Siempre, MarÃa. Mira: sà es cierto que hay una causa para que te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.
Le referà la noticia que habÃamos recibido hacÃa dos dÃas.
—¡Y esa ave negra! —dijo luego que concluÃ; y volvÃa con terror la vista hacia mi cuarto.