MarÃa
MarÃa —Es la única maulona, pero ten con ten, ahà viene.
—No vayas a sacar carga de fardos en ellas.
—¡Tan fullero que era yo! Y qué buenas van a salir las condenadas: eso sà la Manzanilla me hizo en Santa Rosa una de toditicos los diablos: quien la ve tan tasajuda y es la más filática; pero ya va dando: con los atillos la traigo desde Platanares.
La olleta del chocolate hirviendo entró en escena, y los arrieros a cual más listo ofrecieron sus matecillos de cintura para que lo tomásemos.
—¡Válgame! —decÃa Justo mientras yo saboreaba aquel chocolate arrieramente hecho y servido, pero el más oportuno que me ha venido a las manos—. ¿Quién iba a conocer al niño EfraÃn? Al reventón llevará a ñor Lorenzo; ¿no?
En cambio de su agua tibia de calabazo dimos a Justo y a sus mozos buen brandy, y nos dispusimos a marchar.
—Las once irán siendo —dijo el caporal alzando a ver la luna, que bañaba con blanca luz las altivas lomas de los Chancos y Bitaco.
Vi el reloj y efectivamente eran las once. Nos despedimos de los arrieros, y cuando nos habÃamos alejado media cuadra de la tolda, llamó Justo a Lorenzo: éste me alcanzó pocos instantes después.