María
María Felipe, caballero ya en el Chivo, que tal era el nombre de su caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos, recorriendo el patio.
Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su rosillo predilecto, único que, según ella, no era una fiera. No estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el Retinto a María: ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve ruido del ropaje.
—¿Ves? —me dijo María ya sobre el animal—; él me conoce: cuando papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Angel lo curara bien todas las tardes.
El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente conocía aquella voz acariciadora.
Partimos, y Juan Angel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las señoras.
La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.