MarÃa
MarÃa —Tú no me lo habÃas dicho. ¿Por qué se han venido?
—Justo me contó anoche que la señorita seguÃa muy mala.
Lorenzo al decir esto no me miraba, y me pareció conmovido.
Monté temblando en el caballo que él me presentaba ensillado ya, y el brioso animal empezó a descender velozmente y casi a vuelos por el pedregoso sendero.
La tarde se apagaba cuando doblé la última cuchilla de las montañuelas. Un viento impetuoso de occidente zumbaba en torno de mà en los peñascos y malezas desordenando las abundantes crines del caballo. En el confÃn del horizonte a mi izquierda no blanqueaba ya la casa de mis padres sobre las faldas sombrÃas de la montaña; y a la derecha, muy lejos, bajo un cielo turquÃ, se descubrÃan lampos de la mole del Huila medio arropado por brumas flotantes.
Quien aquello crió, me decÃa yo, no puede destruir aún la más bella de sus criaturas y lo que él ha querido que yo más ame. Y sofocaba de nuevo en mi pecho sollozos que me ahogaban.