MarÃa
MarÃa Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intranquilo por el brÃo del animal, me decÃa de modo que mi madre no alcanzase a oÃrla:
—Voy a darle un fuetazo, uno solo.
—Cuidado con hacerlo.
—Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato con el Retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.
—¡Ahora que ése te conoce tanto, no será asÃ!
—En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.
—¡Ah!, sÃ; es un excelente animal.
—Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.
—Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.
—Vas a ver que no hace nada.
—¡Cuidado, cuidado, MarÃa! Hazme el favor de darme el fuete.
—Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.
Y se reÃa de la zozobra en que con tal amenaza me ponÃa.