MarÃa
MarÃa Ya dejaba a mi izquierda la pulcra y amena vega del Peñón, digna de su hermoso rÃo y de mis gratos recuerdos de infancia. La ciudad acababa de dormirse sobre su verde y acojinado lecho: como bandadas de aves enormes que se cernieran buscando sus nidos, divisábanse sobre ella, abrillantados por la luna, los follajes de las palmeras.
Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a la puerta de la casa. Un paje abrió. Apeándome boté las bridas en sus manos y recorrà precipitadamente el zaguán y parte del corredor que me separaba de la entrada al salón: estaba oscuro. Me habÃa adelantado pocos pasos en él cuando oà un grito y me sentà abrazado.
—¡MarÃa! ¡Mi MarÃa! —exclamé estrechando contra mi corazón aquella cabeza entregada a mis caricias.
—¡Ay!, ¡No, no, Dios mÃo! —interrumpióme sollozando.
Y desprendiéndose de mi cuello cayó sobre el sofá inmediato: era Emma. VestÃa de negro, y la luna acababa de bañar su rostro lÃvido y regado de lágrimas.
Se abrió la puerta del aposento de mi madre en ese instante. Ella, balbuciente y palpándome con sus besos, me arrastró en los brazos al asiento donde Emma estaba muda e inmóvil.