MarÃa
MarÃa —¿Qué es? —preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo habÃa acortado el paso con tal fin.
—Nada, señora —respondió MarÃa—: que EfraÃn va persuadido de que el caballo me va a botar.
—Pero si tú… empecé a contestarle, y ella, poniéndose disimuladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que callase, me lo entregó en seguida.
—¡Y por qué vas tan valiente hoy! —le preguntó mi madre—. La otra vez que montaste en ese caballo le tuviste miedo.
—Y hubo que cambiártelo —agregó Felipe.
—Ustedes me están haciendo quedar malÃsimamente —contestó MarÃa mirándome sonrojada—: el señor estaba convencido ya de que yo era guapÃsima.
—¿Conque no tienes miedo hoy? —insistió mi madre.
—Sà tengo —respondióle—; pero no tanto, porque el caballo se ha amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota…