MarÃa
MarÃa —Unas mujeres que quisieran parecerse a ti.
—¿A m� ¿Dónde las has visto?
—En el rÃo las veÃa.
MarÃa rio, y cuando me alejaba, me dijo:
—No me demoraré sino un ratito.
Media hora después entró al salón donde la esperaba yo. Sus miradas tenÃan esa brillantez y sus mejillas el suave rosa que tanto la embellecÃa al salir del baño.
Al verme, se detuvo exclamando:
—¡Ah! ¿Por qué aqu�
—Porque supuse que entrarÃas.
—Y yo, que me esperabas.
Sentóse en el sofá que le indiqué, e interrumpió luego algo en que pensaba, para decirme:
—¿Por qué es, ah?
—¿Qué cosa?
—Que sucede esto siempre.
—No has dicho qué.
—Que si imagino que vas a hacer algo, lo haces.
—¿Y por qué me avisa también algo que ya vienes, si has tardado? Eso no tiene explicación.
—Yo querÃa saber, desde hace dÃas, si sucediéndome esto ahora, cuando no estés aquà ya, podrás adivinar lo que yo haga y saber yo si estás pensando…
—En ti, ¿no?