MarÃa
MarÃa Estaba sentada bajo el ramaje del naranjo del baño, sobre una alfombra que Estéfana acababa de extender, cuando me acerqué a saludarla.
—¡Qué sol! —me dijo—; por no haber venido temprano…
—No fue posible.
—Casi nunca es posible. ¿Quieres bañarte y yo me esperaré?
—Oh, no.
—Si es porque falta en el baño algo, yo puedo ponérselo ahora.
—¿Rosas?
—SÃ; pero ya las tendrás cuando vengas.
Juan, que habÃa estado haciendo bambolear los racimos de naranjas que estaban a su alcance y casi sobre el césped, se arrodilló delante de MarÃa para que ella le desabrochara la blusa.
Ese dÃa llevaba yo una abundante provisión de lirios, pues además de los que me habÃan guardado Tránsito y LucÃa, encontré muchos en el camino: escogà los más hermosos para entregárselos a MarÃa, y recibiendo de Juan Angel todos los otros, los arrojé al baño. Ella exclamó:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¡Tan lindos!
—Las ondinas —le dije— hacen lo mismo con ellos cuando se bañan en los remansos.
—¿Quiénes son las ondinas?