MarÃa
MarÃa —Dios se lo pague, compadre. Entonces yo me daré formas de que usté hable hoy un rato solo con Salomé, como quien no quiere la cosa: le propone que vaya a su casa y le dice que su mamá le está esperando. Usté me cuenta luego lo que le saque, y asà nos saldrá todo derecho como surco. Pero si la muchacha se encapricha, sà le juro que un dÃa de estos la encajo en uno de mis mochos, y al beaterio de Cali va a dar, que ahà no se me le ha de asentar una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro la tengo hasta que San Juan agache el dedo.
Pasábamos por el rastrojo recién comprado por Custodio y éste me dijo:
—¿No ve qué primor de tierra y cómo está el espino de mono, que es la mejor señal del buen terreno? Lo único que lo daña es la falta de agua.
—Compadre —le respond×, si ya puede usted ponerle toda la que quiera.
—No embrome; entonces no lo vendo ni por el doble.
—Mi padre consiente en que usted tome tanta cuanta necesite de los potreros de abajo: yo le hice ver lo que usted me recomendó; y él extrañó que no le hubiese pedido antes el permiso.