MarÃa
MarÃa —Pero qué memoria la suya, compadrito: mire que aguardar a las últimas para avisármelo… DÃgamele al patrón que se lo agradezco en mi alma; que ya sabe que no soy ningún ingrato, y que aquà me tiene con cuanto tengo para que mande. Candelaria va a estar de pascuas: agua a mano para la huerta, para el sacatÃn, para la manguita… Supóngase que la que pasa por la casa es un hilito, y eso revuelta por los puercos de mi compañero Rudecindo, que lo que es hozar y dañarme las quinchas, no vagan; de forma que para cuanto limpio hay que hacer en casa, tienen que empuntar al mudo con la yegua cargada de calabazos al Amaimito porque para tomar el agua de la Honda, mejor es tragar lejÃa, de la pura caparrosa que tiene.
—Es cobre, compadre.
—Eso será.
La noticia del permiso que le concedÃa mi padre para tomar el agua refrescó al chagrero hasta el punto de hacer que el potrón en que iba luciera la trastraba en que decÃa el picador lo estaba metiendo.
—¿De quien es ese potro?, no tiene el fierro de usted.
—¿Le gusta? Es del abuelo Somera.
—¿Cuánto vale?