MarÃa
MarÃa —Pues para no andar con vueltas ni regodeos, le confesaré que don Emigdio no quiso cuatro medallas; y éste es un ranga delante del rucio-negro mÃo, que ya lo tengo de freno, y manotea al paso llano, y saca la cola que es un gusto: ¡asà me costó amansarlo!, para una semana entera me baldó este brazo, porque no hay otro que le gane en lo canónigo; y un remache en el dos y dos… Engordando lo tengo, pues tras la última tambarria que le di quedó en la espina.
Llegamos a la casa de Custodio, y él taloneó el potro para darse trazas de abrir la puerta del patio. Apenas dio ésta tras de nosotros el último quejido y un golpe que hizo estremecer al caballete pajizo, me aconsejó mi compadre:
—Andele vivo y con tiento a Salomé a ver qué le saca.
—Pierda cuidado —le respondà haciendo llegar al corredor mi caballo, al cual espantaba la ropa blanca colgada por allÃ.
Cuando traté de apearme ya le habÃa tapado mi compadre la cabeza al potro con el capisayo, y estaba teniéndome el estribo y la brida. Después de amarrar las cabalgaduras entró gritando:
—¡Candelaria! ¡Salomé!
Sólo los bimbos contestaban.
—Pero ni los perros —continuó mi compadre— como si a todos se los hubiera tragado la tierra.