MarÃa
MarÃa —Allá voy —respondió desde la cocina mi comadre.
—¡Hu turutas!, si es que aquà está tu compadre EfraÃn.
—Aguárdeme una nada, compadrito, que es porque estamos bajando una raspadura y se nos quema.
—¿Y FermÃn dónde se ha metido? —preguntó Custodio.
—Se fue con los perros a buscar el puerco cimarrón —respondió la voz melodiosa de Salomé.
Esta se asomó de pronto a la puerta de la cocina, mientras mi compadre se empeñaba en ayudarme a quitar los zamarros.
Era pajiza la casita de la chagra y de suelo apisonado, pero muy limpia y recién enjalbegada: asà rodeada de cafetos, anones, papayuelos y otros árboles frutales, no faltaba a la vivienda sino lo que iba a tener en adelante, esperanza que tan favorablemente habÃa mejorado el humor de su dueño: agua corriente y cristalina. La salita tenÃa por adorno algunos taburetes forrados de cuero crudo, un escaño, una mesita cubierta por entonces con almidón sobre lienzos, y el aparador, donde lucÃan platos y escudillas de varios tamaños y colores.