MarÃa
MarÃa CubrÃa una alta cortina de zaraza rosada la puerta que conducÃa a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una deteriorada imagen de la Virgen del Rosario, completando el altarcito dos pequeñas estatuas de San José y San Antonio, colocadas a uno y otro lado de la lámina.
Salió a poco de la cocina mi rolliza y reidora comadre, sofocada con el calor del fogón y empuñando en la mano derecha una cagüinga31. Después de darme mil quejas por mi inconstancia, terminó por decirme:
—Salomé y yo lo estábamos esperando a comer.
—¿Y eso?
—Aquà llegó Juan Angel por unos reales de huevos, y la señora me mandó decir que usted venÃa hoy. Yo mandé llamar a Salomé al rÃo, porque estaba lavando, y preguntóle lo que le dije, que no me dejará mentir: «Si mi compadre no viene hoy a comer aquÃ, lo voy a poner de vuelta y media».
—Todo lo cual significa que me tienen preparada una boda.
—No lo habré visto yo comer con gana un sancocho hecho de mi mano; lo malo es que todavÃa se tarda.
—Mejor, porque asà tendré tiempo de ir a bañarme. A ver, Salomé —dije parándome a la puerta de la cocina, a tiempo que mis compadres se entraban a la sala conversando bajo—: ¿qué me tienes tú?