MarÃa
MarÃa —Jalea y esto que le estoy haciendo —me respondió sin dejar de moler—. Si supiera que lo he estado esperando como el pan bendito…
—Eso será porque me tienes muchas cosas buenas.
—¡Una porcia! Aguárdeme una nadita mientras me lavo, para darle la mano, aunque será ñanga, porque como ya no es mi amigo…
Esto decÃa, sin mirarme de lleno, y entre alegre y vergonzosa, pero dejándome ver, al sonreÃr su boca de medio lado, aquellos dientes de blancura inverosÃmil, compañeros inseparables de húmedos y amorosos labios: sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta tez escapa por su belleza a toda comparación. Al ir y venir de los desnudos y mórbidos brazos sobre la piedra en que apoyaba la cintura, mostraba ésta toda su flexibilidad, le temblaba la suelta cabellera sobre los hombros, y se estiraban los pliegues de su camisa blanca y bordada. Sacudiendo la cabeza echada hacia atrás para volver a la espalda los cabellos, se puso a lavarse las manos, y acabándoselas de secar sobre los cuadriles, me dijo:
—Como que le gusta ver moler. Si supiera —continuó más paso— lo molida que me tienen. ¿No le digo que lo he estado esperando?
Colocada de manera que de afuera no podÃan verla, continuó dándome la mano: