María

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—Conque, ¿va a bañarse, compadrito? —dijo entrando Candelaria—. Entonces voy a traerle una sábana bien olorosa y orita mismo se va con Salomé y su ahijado; antes ellos traen un viaje de agua, y ésta lava unos coladores, que con el viaje del mudo por los plátanos y lo que ha habido que hacer para usté y para mandar a la Parroquia, no ha quedado sino la de la tinaja.

Al oír la propuesta de la buena mujer, me persuadí de que ella había entrado de lleno en el plan de su marido, y Salomé me hizo al descuido una muequecita expresiva, de modo que con labios y ojos me significó a un mismo tiempo: «ahora sí».

Salí de la cocina y paseándome en la sala mientras se preparaba lo necesario para el viaje al baño, pensaba que sobrada razón tenía mi compadre en celar a su hija, pues a cualquiera menos malicioso que él podía ocurrírsele que la cara de Salomé con sus lunares, y aquel talle y andar, y aquel seno, parecían cosa más que cierta, imaginada.

Interrumpió aquellas consideraciones Salomé, que parándose a la puerta, con un sombrerito raspón medio puesto, dijo:

—¿Nos vamos?

Y dándome a oler la sábana que llevaba colgada de un hombro, añadió:

—¿Qué olor tiene?

—El tuyo.


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