MarÃa
MarÃa SalÃamos del patio por detrás de la cocina cuando mi comadre nos gritaba:
—No se vayan a demorar, que la comida está en estico.
Salomé quiso cerrar la puertecita de trancas por donde habÃamos entrado al cacaotal; pero yo me puse a hacerlo mientras ella me decÃa:
—¿Qué hacemos con FermÃn, que es tan cuentero?
—Tú lo verás.
—Yo sé: deje que estemos más allá, y yo lo engaño.
CubrÃanos la densa sombra del cacaotal, que parecÃa no tener lÃmites. La belleza de los pies de Salomé, que la falda de pancho azul dejaba visibles hasta arriba de los tobillos, resaltaba sobre el sendero negro y la hojarasca seca. Mi ahijado iba tras de nosotros arrojando cáscaras de mazorca y pepas de aguacate a los cucaracheros cantores y a las nagüiblancas que gemÃan bajo los follajes. Al llegar al pie de un cachimbo, se detuvo Salomé y dijo a su hermano: