María

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—¿Si irán las vacas a ensuciar el agua? Seguro, porque a esta hora están en el bebedero de arriba. No hay más remedio que ir en una carrera a espantarlas: corre, mi vida y ves que no se vayan a comer el socobe que se me quedó olvidado en la horqueta del chiminango. Pero cuidado con ir romper los trastos o a botar algo. Ya estás allá.

Fermín no se dejó repetir la orden: bien es verdad que se le había dado de la manera más dulce y comprometedora.

—¿Ya vido? —me preguntó Salomé acortando el paso y mirando hacia las ramas con mal fingida distracción.

Se puso luego a mirarse los pies cual si contara sus lentos pasos; y yo interrumpí el silencio que guardábamos diciéndole:

—A ver, qué es lo que hay y con qué te tienen molida.

—Pues ahí verá que me da no sé qué contarle.

—¿Por qué?

—Si es que se me hace hoy como muy triste y… ahora tan serio.

—Es que te parece. Empieza, porque después no se ha de poder. Yo también tengo algo muy bueno que contarte.

—¿Sí?, usté primero, pues.

—Por nada —le respondí.


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