MarÃa
MarÃa —¿Conque asà es la cosa? Pues oiga; pero prométame no decir nadita de lo que…
—Por supuesto.
—Pues lo que sucede es que Tiburcio se ha vuelto un veleta y un ingrato y que anda buscando majaderÃas para darme sentimientos; ahora hace cosa de un mes que estamos de malas sin haberle dado yo motivo.
—¿Ninguno? ¿Estás bien segura?
—Mire… se lo juro.
—¿Y cuál te ha dicho él que tiene para estar asà después de haberte querido tanto?
—¿Tiburcio? Lambido que es: él no me quiere a mà nada; al principio no sabÃa yo porqué se ponÃa malmodoso cada rato, y después caà en la cuenta de que todo era porque se figuraba que yo le hacÃa buena cara al primero que veÃa. DÃgame usté, ¿eso se puede aguantar cuando una es honrada? Primero dio en creer una boberÃa y usté anduvo en la danza.
—¿Yo también?
—¡Cuándo se iba a librar!
—¿Y qué creÃa?
—Para qué es decirle si ya se lo figurará: todo porque lo vio venir unas veces a casa y porque yo le tengo cariño. ¿Cómo no se lo habÃa de tener, no?
—¿Y se convenció al fin de que pensaba un disparate?