MarÃa
MarÃa —Asà me costó de lágrimas y buenas palabras para traerlo a razón.
—Créeme que siento haber sido causa de eso.
—No se le dé nada, porque si no hubiera sido con usté, no habrÃa faltado otro de quien echar malos juicios. Oiga, que no le he dicho lo mejor. Mi taita le amansaba potros al niño Justiniano, y él tuvo que venir a ver unos terneros que tenÃa en trato: en una de las ocasiones en que el blanco vino, lo encontró aquà Tiburcio.
—¿Aqu�
—No se haga el bobo; en casa. Para castigo de mis pecados lo volvió a encontrar otra vez.
—Creo que van dos, Salomé.
—Ojalá hubiera sido eso sólo: también lo encontró un domingo en la tarde que vino a pedir agua.
—Son tres.
—Nada más, porque aunque ha venido otras veces, Tiburcio no lo ha visto, pero a mà se me pone que se lo han contado.
—¿Y todo te parece nada en dos platos?
—¿Usté también da en lo mismo? ¡Y agora! ¿Yo tengo la culpa de que ese blanco dé en venir? ¿Por qué mi taita no le dice que no vuelva, si es que se puede?
—Es que hay cosas sencillas, difÃciles de hacer.