MarÃa
MarÃa —Ah, pues: eso mismo le digo yo a Tiburcio; pero todo tiene su remedio, y de eso no me atrevo a hablarle.
—Que se case pronto contigo, ¿no es esto?
—Si tanto me quiere… Pero él ya cuando… y es capaz de creer que yo soy alguna cualquiera.
Salomé tenÃa los ojos aguados, y después de dar unos pasos más, se detuvo a enjugarse las lágrimas.
—No llores —le dije: yo estoy cierto de que no cree tal: todo eso es obra de los celos y nada más; verás cómo se remedia.
—No lo piense; menos tibante habÃa de ser. Porque le han dicho que es hijo de caballero, ya nadie le da al tobillo en lo fachendoso, y se figura que no hay más que él… ¡Caramba!, como si yo fuera alguna negra bozal o alguna manumisa como él. Ahora está metido donde las provincianas, y todo por hacerme patear, porque mucho que lo conozco: bien que me alegrarÃa de que ñor José lo echara a la porra.
—Es necesario que no seas injusta. ¿Qué tiene de particular que esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el tiempo; peor serÃa que pasara los dÃas tunando.
—Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado habÃa de ser…